“La muerte no tiene dueño” y la tierra recuerda cada injusticia.
La trayectoria cinematográfica de Jorge Thielen Armand ha estado marcada desde sus inicios por una obsesión muy concreta. La de mirar las heridas invisibles de Venezuela y convertirlas en cine. Ya en La Soledad (2016) exploraba la decadencia de una casa como reflejo de un país que se desmoronaba. Más tarde en Fortitude (2020) se acercaba a la supervivencia extrema en una nación rota por la crisis. Ahora con La muerte no tiene dueño da un paso más ambicioso y complejo. Si aquellas películas observaban las consecuencias del derrumbe esta nueva obra busca las raíces profundas de la violencia que ha acompañado a América Latina desde la colonización hasta nuestros días. Lo hace además utilizando un envoltorio de thriller rural que poco a poco se transforma en una tragedia feroz donde nadie puede escapar del pasado. La elección de Asia Argento resulta fundamental para entender la película. Su presencia genera una tensión inmediata porque encarna a una mujer atrapada entre dos mundos. Por un ...