“Marty Supreme”: o el arte de vender el alma a la velocidad de una pelota de ping pong.

La trayectoria cinematográfica del director Josh Safdie explica muy bien por qué Marty Supreme se siente como una descarga de adrenalina moral y sentimental al mismo tiempo. Desde The Pleasure of Being Robbed (2008) hasta Daddy Longlegs (2009) Heaven Knows What (2014) Good Time (2017) y Uncut Gems (2019) su cine ha perseguido siempre a criaturas que viven al borde del colapso y que convierten la ciudad en una jungla nerviosa donde cada minuto parece el ultimo. Marty Supreme supone además su primer gran salto en solitario tras la separación artística con Benny Safdie y también su regreso como director en solitario de un largometraje por primera vez desde 2008. Esa evolución no significa una ruptura con su mundo sino una ampliación. Aquí sigue latiendo su obsesión por el buscavidas por el timador por el hombre que confunde destino con delirio. Pero todo aparece elevado a una escala más grande más brillante más ambiciosa y más amarga. Safdie no mira a Marty Mauser como a un simple campeón de ping pong. Lo contempla como el hijo rabioso del sueño americano. Como un hombre que necesita triunfar no para vivir mejor sino para sentir que merece existir. Y ahí está la gran diferencia entre esta película y tantas otras historias de ascenso deportivo. No habla del esfuerzo noble. Habla del hambre. De la identidad. De la humillación. De esa fiebre tan estadounidense que te empuja a venderte a ti mismo antes incluso de saber quién eres.  



La interpretación de Timothee Chalamet es el motor eléctrico que mantiene viva esta criatura durante sus casi dos horas y media. No compone un héroe simpático ni un canalla puro. Compone algo más difícil. Un hombre que no sabe estar quieto porque el silencio le obligaría a enfrentarse a su propio vacío. Su Marty habla deprisa se mueve deprisa piensa deprisa y sobre todo se inventa a sí mismo a la velocidad del miedo. Hay momentos en los que recuerda a los grandes depredadores neuróticos del cine americano de los años setenta y otros en los que parece un Jordan Belfort avant la lettre atrapado en los años cincuenta. Lo admirable es que Chalamet no lo embellece. No lo domestica. No intenta pedir perdón por él. Lo deja ser irritante magnético ridículo seductor patético y feroz. Y por eso funciona. Porque entiende que el personaje no necesita caer bien. Necesita quemar la pantalla. A su alrededor Gwyneth Paltrow regresa con una inteligencia inesperada y conmovedora. Su Kay no es un adorno glamuroso ni una reliquia decadente. Es una mujer que conoce demasiado bien el precio de haber sido mirada. Y Paltrow la llena de una melancolía muy precisa. La de quien todavía desea ser deseada pero sabe que ese deseo ya viene contaminado por el tiempo por la nostalgia y por la soledad. Odessa Azion por su parte aporta una verdad terrenal fundamental. Su personaje no vive en el espejismo de Marty sino en las consecuencias de Marty. Y esa diferencia da a la película una gravedad emocional que la salva del puro artificio. También suman de manera decisiva Tyler the Creator Kevin OLeary y Abel Ferrara en un reparto de rostros extraños e imprevisibles que encaja con la lógica de un universo donde cada esquina parece esconder una oportunidad o una amenaza.  


El ritmo de la película no está diseñado para acariciar al espectador sino para meterlo dentro de la ansiedad del protagonista. Marty Supreme corre jadea tropieza miente seduce y se hunde con el mismo impulso con el que una pelota de ping pong atraviesa la mesa. La estructura no busca una progresión clásica de superación. Busca el vérigo. Busca esa sensación de estar siempre a un paso de la gloria y a un paso del desastre. Josh Safdie ya dominaba esta música del agobio en Good Time (2017) y Uncut Gems (2019) pero aquí introduce un elemento nuevo. Una especie de euforia screwball casi carnavalesca que vuelve la experiencia todavía más imprevisible. La película avanza como una comedia de ambición sexual económica y existencial pero con el filo de un thriller moral. Nunca sabes si la siguiente escena va a ser un chiste obsceno una humillación pública una estafa brillante o una herida íntima. Y ese descontrol aparente tiene una lógica profunda. Marty vive como juega. De reflejo en reflejo. De golpe en golpe. Sin pausa para pensar. Sin espacio para preguntarse si ganar le hará menos infeliz. El metraje es largo pero casi todas las críticas coinciden en que ese tiempo vuela porque la película consigue convertir la saturación en método y la hiperactividad en forma dramática.  


La trama en sí misma parece sencilla. Un joven ambicioso que sueña con conquistar el mundo del ping pong y que utiliza cada relación cada mentira y cada golpe de suerte para acercarse a esa grandeza que imagina para sí mismo. Pero la película no se conforma con narrar una ascensión. Lo que le interesa es mostrar cómo esa ascensión está contaminada desde el principio por el deseo de exhibirse por la necesidad de ser visto y por una confusión constante entre talento y espectáculo. Marty no solo quiere ganar. Quiere ser alguien. Quiere fabricar un mito con su propio nombre. Quiere que el mundo entero reconozca una importancia que él siente de manera casi religiosa dentro de sí mismo. Por eso la historia deportiva termina siendo otra cosa. Un retrato del narcisismo moderno antes de la modernidad digital. Un estudio sobre cómo la épica de la auto invención puede derivar en una forma de violencia contra los demás y contra uno mismo. El fracaso en Japón la deuda los embarazos las traiciones y los negocios turbios no aparecen como giros de guion gratuitos sino como estaciones de un vía crucis del ego. Safdie no convierte a Marty en mártir. Pero sí lo filma como a alguien condenado por una idea de grandeza que le resulta tan estimulante como destructiva.  


El guion escrito por Ronald Bronstein y Josh Safdie es uno de esos textos que parecen improvisados porque rebosan vida pero que en realidad están construidos con una precisión feroz. Lo mejor que hace es negarse a moralizar de manera obvia. No coloca discursos tranquilizadores. No entrega lecciones empaquetadas. Prefiere dejar que el personaje se defina a través del caos que provoca. Cada diálogo parece una negociación. Cada escena es una partida en la que Marty intenta vender una versión más grande más brillante y más irresistible de sí mismo. El guion entiende que el lenguaje en este universo no es un medio de comunicación sino un arma de ascenso social. Marty habla para dominar. Habla para seducir. Habla para no desaparecer. Y cuando calla lo que aparece debajo no es serenidad sino un temblor casi infantil. Ahí es donde el libreto se vuelve más fino y más triste. Porque debajo del exhibicionismo de Marty hay un miedo feroz a no ser nadie. A no ser amado. A no dejar huella. Y esa herida es la que vuelve humana una película que podría haberse quedado en un puro festival de extravagancias.  


Hay además anécdotas del rodaje y del proceso creativo que enriquecen mucho la lectura de la película. Safdie llevaba años queriendo levantar este proyecto inspirado libremente en la figura real de Marty Reisman y había visto en Timothee Chalamet a su protagonista ideal desde mucho antes de que la película se hiciera realidad. Chalamet entrenó durante años para el papel y el filme acabó convirtiéndose en la producción más cara de A24 hasta ese momento. También resulta revelador que Gwyneth Paltrow saliera de su retiro interpretativo para aceptar este papel porque su presencia aporta a la película una capa fantasmagórica de viejo Hollywood herido que habría sido imposible con una actriz menos cargada de historia pública. Y no es un detalle menor que Darius Khondji y Jack Fisk participen en el proyecto. Ahí se entiende que Marty Supreme no aspiraba a ser solo una película nerviosa sino una gran pieza de artesanía cinematográfica con textura clásica y furia contemporánea. Incluso el uso de música ochentera en una historia ambientada en los cincuenta forma parte de una decisión consciente de Safdie para descolocar el tiempo y conectar la ambición de posguerra con la resurrección capitalista del imaginario ochentero.  


La fotografía de Darius Khondji es una de las grandes victorias de la película. No se limita a ilustrar una época. La ensucia. La electrifica. La vuelve carnal. Se ha hablado de un lenguaje visual sudoroso nervioso casi asmático y esa definición es perfecta. La cámara parece luchar por alcanzar a Marty como si también ella se viera arrastrada por su delirio de movimiento perpetuo. El rodaje en 35 mm y el uso de lentes anamórficas antiguas generan una imagen clásica en apariencia pero inquieta en su respiración. Los rostros se vuelven paisaje. La ciudad se vuelve una maquinaria de tensión. Los interiores tienen una densidad casi física. Y la luz jamás parece embellecer sin coste. Todo en esta fotografía respira fricción. La de un hombre contra el mundo. La de un cuerpo contra su propia máscara. La de una nación que se mira al espejo y se ve más grande de lo que realmente es. Khondji no hace postal de época. Hace combustión moral de época.  


El atrezo y el diseño de producción merecen también una mención entusiasta porque sostienen una parte esencial del hechizo. La película necesita que todo sea tangible. Que los hoteles los escaparates las mesas de juego los pasillos los despachos y los camerinos tengan materia y peso. Jack Fisk construye un mundo que parece al mismo tiempo histórico y legendario. Un Nueva York que no es la reproducción museística de los años cincuenta sino la proyección febril de cómo Marty lo percibe. Todo tiene algo ligeramente más grande más sucio más teatral más excesivo. Como si la realidad ya estuviera deformada por la mirada de alguien que vive su propia vida como un show permanente. Ese trabajo de objetos y espacios ayuda a que la película nunca pierda cuerpo. Incluso cuando roza la farsa o el disparate siempre sentimos que tocamos algo real. Que detrás del artificio hay madera polvo tela humo sudor y dinero. Eso es cine de atmósfera en el mejor sentido.  


La música de Daniel Lopatin es otra de las claves del embrujo. Su partitura no acompaña a la acción. La infecta. La acelera. La vuelve una corriente de ansiedad y deseo. Y el uso de canciones ochenteras en un relato ambientado en los cincuenta no es una provocación gratuita. Es el corazón ideológico del filme. Safdie quiere decirnos que Marty no pertenece solo a su tiempo. Pertenece a una continuidad histórica del mito americano. Esa cadena que une la confianza postbélica con la agresividad económica del siglo XX tardío y con la cultura de la auto promoción que hoy nos devora. El desfase musical convierte a Marty en un hombre fuera de época y al mismo tiempo en un hombre de todas las épocas del capitalismo del espectáculo. Esa es una de las ideas más brillantes de la película. El ping pong importa menos que el pulso de una nación que convierte la ambición en religión.  


La relación con otras películas del género y con otros títulos cercanos ayuda a medir su singularidad. Claro que uno puede pensar en The Hustler (1961) por su retrato del jugador como artista del engaño o en Raging Bull (1980) por la manera en que el talento deportivo aparece contaminado por la autodestrucción. También hay un eco lejano de The Wolf of Wall Street (2013) en esa energía de vendedor sin freno que convierte la personalidad en mercancía. Y por supuesto sobrevuelan Good Time (2017) y Uncut Gems (2019) porque Safdie sigue fascinado por hombres que avanzan hacia el abismo creyendo que están avanzando hacia su destino. Pero Marty Supreme no es una copia de ninguno de esos modelos. Tiene algo de comedia negra picaresca. Algo de pesadilla screwball. Algo de melodrama sexual. Algo de fábula sobre el marketing del yo. Y sobre todo posee una textura rara y excitante que la vuelve difícil de encapsular. Esa dificultad es una virtud. Porque las películas verdaderamente vivas no caben del todo en una etiqueta.  


Y llegamos a lo más importante. Qué quiere transmitirnos Josh Safdie con esta película. Yo creo que Marty Supreme habla de la tragedia de una sociedad que enseña a sus hijos a ser extraordinarios antes de enseñarles a ser personas. Habla de la intoxicación que produce vivir convencido de que solo mereces amor si conquistas el mundo. Habla de la masculinidad como espectáculo de invulnerabilidad y de la ambición como anestesia contra la vergüenza. Marty no persigue únicamente el éxito. Persigue una absolución. Quiere que la victoria le demuestre que su existencia tiene sentido. Quiere que el aplauso cure algo que el aplauso jamás podrá curar. Y ahí está la herida central de la película. Safdie no ridiculiza del todo a Marty porque entiende que su delirio nace de una promesa colectiva. La promesa de que cualquiera puede llegar a ser grande. Una promesa deslumbrante y cruel. Deslumbrante porque impulsa. Cruel porque convierte a los que no llegan en fracasados ontológicos. En seres prescindibles. Marty Supreme es devastadora porque muestra el coste íntimo de esa lógica. El cuerpo agotado. Los afectos usados. La realidad distorsionada. La necesidad de seguir adelante aunque ya no quede nada que ganar. Por eso el filme no es en el fondo una celebración del campeón sino una elegía del hambre. De ese apetito infinito que en el capitalismo emocional contemporáneo se confunde con identidad con propósito y con valor humano.  


Mi conclusión final es que Marty Supreme no es solo una gran película. Es una película que te deja temblando porque entiende algo muy incómodo sobre nuestro tiempo aunque se disfrace de relato de época. Entiende que la ambición puede ser una forma de fe y también una forma de enfermedad. Entiende que el carisma no siempre es belleza. A veces es pura desesperación bien peinada. Entiende que el éxito no redime necesariamente a nadie y que muchas veces solo amplifica el vacío que intentaba ocultar. Josh Safdie ha hecho una obra exuberante turbia sensual divertida crispada y profundamente triste. Una película de superficies brillantes y subsuelo herido. Un torbellino sobre la mentira de la grandeza y sobre el precio de necesitarla. Sales de ella con la sensación de haber visto a un hombre correr hacia el centro de sí mismo y descubrir que allí no había un trono sino una grieta. Y quizá por eso la película permanece. Porque no habla solo de Marty Mauser. Habla de todos nosotros cuando confundimos deseo con destino y visibilidad con verdad. Nos recuerda que ganar no siempre significa llegar. A veces solo significa seguir huyendo con más estilo. Y pocas películas recientes han mostrado esa idea con una energía tan feroz y una lucidez tan dolorosa.  


Xabier Garzarain 

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