Esta soledad: el lugar donde podemos rompernos.

Hay amores que terminan mucho antes de que dos personas consigan despedirse. Permanecen en los objetos que nadie recoge. En una conversación que seguimos ensayando a solas. En el cansancio de llegar a casa y recordar que ya no existe aquel nosotros. Esta soledad nace en ese territorio donde la ausencia empieza a ocupar un espacio físico. Javier Giner llega a su primer largometraje después de haber convertido su experiencia con la adicción en una obra sobre la vergüenza y la posibilidad de volver a vivir. Su cine encuentra ahí una preocupación que atraviesa ambas historias. La distancia que puede abrirse entre una persona y el mundo mientras aparentemente todo sigue en su sitio.



Yo adicto (2024) había presentado su relato autobiográfico en la Sección Oficial del Festival de San Sebastián fuera de concurso. Creada junto a Aitor Gabilondo y codirigida con Elena Trapé permitió a Giner compartir una experiencia dolorosamente íntima. Esta soledad supone su debut en el largometraje y su regreso al Zinemaldia dentro de New Directors. Volver al mismo festival adquiere el sentido de una continuidad emocional. El cineasta regresa con otra historia y con una forma distinta de acercarse al sufrimiento. 


El reconocimiento de Yo adicto alcanzó tanto a la serie como a sus interpretaciones. Ganó el premio a mejor serie nacional y el premio del público en Serielizados Fest. Los Feroz distinguieron a Oriol Pla como mejor actor protagonista de serie y a Nora Navas como mejor actriz de reparto. Pla obtuvo además el Emmy Internacional a mejor actor en 2025. Aquel recorrido dio una proyección extraordinaria a una historia nacida de la exposición de la propia fragilidad. Una experiencia que durante años había pertenecido al ámbito de lo difícil de contar encontraba una comunidad dispuesta a escucharla. 


Después de aquella exposición Giner buscó una escala más recogida. Esta soledad conserva su atención hacia quienes atraviesan momentos de desorientación pero cambia la temperatura de la mirada. El dolor se expresa mediante silencios y gestos que apenas encuentran destinatario. La primera versión del guion transcurría en Madrid. Su posterior traslado a Bilbao respondió a un regreso personal hacia una ciudad ligada a la identidad del director. Ese movimiento permite entender la película como una búsqueda de proximidad. Volver a un territorio conocido para observar algo que sigue resultando difícil de comprender. 


Leo y Lorea han compartido cinco años. Ahora deben aprender a existir por separado. Él trabaja en un supermercado mientras intenta mantener su vocación de actor y cuida de su padre enfermo. Ella escribe y sirve mesas mientras busca una forma de sostenerse que no dependa únicamente de resistir. La narración sigue sus caminos paralelos sin convertir la ruptura en un reparto de culpas. El amor ha dejado de organizar sus días. Las obligaciones continúan llegando puntualmente. Hay que trabajar incluso cuando una parte de la vida parece haberse detenido. Hay que cuidar cuando uno también necesita cuidados.


La soledad adquiere entonces un sentido más amplio que la ausencia de pareja. Consiste también en no encontrar correspondencia entre lo que sucede dentro y lo que los demás alcanzan a ver. Cumplir con una jornada puede parecer una prueba suficiente de que alguien está bien. Mantener una conversación puede ocultar cuánto cuesta permanecer en ella. Leo y Lorea habitan esa distancia entre la continuidad exterior y el desconcierto íntimo. Sus días avanzan. Ellos todavía están intentando saber desde dónde hacerlo.


Desde ahí puede establecerse un vínculo con Yo adicto. La adicción y la experiencia de una ruptura conservan sus diferencias. Pero ambas obras permiten pensar en la dificultad de hacerse visible cuando aparece el sufrimiento. En la vergüenza que puede acompañar a la necesidad de ayuda. En el miedo a convertirse en una carga. En la tentación de responder que todo va bien para evitar el esfuerzo de explicar algo que ni siquiera uno mismo entiende. La continuidad entre las dos historias se encuentra en ese aislamiento que vuelve más difícil tender una mano hacia los demás.


La dependencia de sustancias ocupa un lugar específico en Yo adicto. Esta soledad permite ampliar la mirada hacia otras formas de desamparo sin convertirlas en un diagnóstico. El deseo de ser querido. La necesidad de que alguien confirme que nuestra vida tiene valor. La dificultad para desprendernos de una identidad construida alrededor de otra persona. También fuera de la adicción existen vidas organizadas alrededor de una ausencia que resulta insoportable mirar. También hay personas que siguen funcionando mientras se sienten cada vez más lejos de sí mismas.


Lo existencial aparece en ese extrañamiento. La sensación de estar viviendo y al mismo tiempo no reconocerse del todo en la propia vida. Llegar a una edad determinada con la impresión de haber perdido una cita con el futuro. Mirar lo conseguido y recordar lo que se esperaba. El tiempo deja de ser una promesa ilimitada y empieza a sentirse como una materia que se escapa. Esta soledad encuentra ahí una tristeza reconocible. La de quienes necesitan volver a empezar sin disponer ya de la inocencia con que imaginaron su primer comienzo.


Oriol Pla convierte a Leo en un cuerpo atravesado por esa contradicción. Su expresividad como clown convive con una dificultad dolorosa para comunicarse fuera del escenario. Puede exponerse ante un público y seguir sin encontrar una forma de acercarse a quienes tiene al lado. Pla aporta a esa fractura una intensidad física que hace visible el esfuerzo de continuar. El uso del euskera en parte de sus diálogos añade una dimensión concreta de pertenencia. Su personaje tiene raíces y responsabilidades. Lo difícil es encontrar dentro de ellas un espacio donde poder descansar.


El trabajo del actor permite pensar en la representación como refugio. Sobre un escenario el sufrimiento puede adquirir una estructura. Existe un comienzo y una duración. Existe alguien que observa. Fuera de él la vida pierde esa claridad. Nadie indica cuándo termina una crisis ni cuándo una tristeza ha durado lo suficiente. Leo se encuentra entre ambos territorios. El de una expresión que puede compartir y el de una intimidad que todavía no sabe cómo ofrecer.


Marina Salas sostiene el otro centro emocional de la película. Lorea escribe pero las palabras tampoco le garantizan una relación transparente consigo misma. Su encuentro con Irati abre un conflicto donde la creación y la necesidad afectiva se entrelazan. Gemma Martínez concede a esa presencia un peso que obliga a mirar más allá de las carencias de la protagonista. La vida ajena puede despertar empatía y convertirse al mismo tiempo en material narrativo. La relación introduce una incomodidad sobre los límites de nuestra atención hacia los otros. Acercarse a alguien exige reconocer cuánto queda fuera de lo que necesitamos de esa persona.


Al abrirle las puertas de su casa Lorea parece abrir también la posibilidad de otra vida. Sin embargo puede leerse en ese gesto una expectativa que ella misma quizá no alcanza a reconocer. Espera que Irati encuentre su lugar dentro del mundo que le ofrece. Que comprenda la oportunidad de la misma manera. Que acepte unos códigos que para ella resultan evidentes. La hospitalidad empieza a adquirir condiciones invisibles cuando el agradecimiento esperado incluye convertirse en alguien distinto.


Irati tiene una historia y una forma propia de interpretar la realidad. Su experiencia no desaparece al cruzar el umbral de una casa. Cada persona ha construido su particular laboratorio de supervivencia. Ha aprendido a confiar en ciertas cosas y a defenderse de otras. Lo que para alguien representa seguridad puede despertar desconfianza en quien ha vivido de otra manera. Las buenas intenciones necesitan atravesar esa diferencia. De lo contrario corren el riesgo de ofrecer una vida en la que el otro solo podrá entrar renunciando a una parte de sí mismo.


Aceptar esa distancia resulta difícil porque compromete la imagen que tenemos de nuestra bondad. Nos gusta reconocernos en la ayuda que ofrecemos. Cuesta más admitir que esa ayuda pueda ser rechazada o recibida de una forma que no entendemos. La relación obliga a distinguir entre acompañar y esperar una transformación a nuestra medida. Comprender al otro exige reconocer su autonomía incluso cuando sus decisiones chocan con nuestras convicciones. Ese reconocimiento permite también establecer límites. Cuidar necesita espacio para ambas vidas.


Somos los espejos en los que los demás descubren aquello que todavía no saben mirar de sí mismos. A veces devolvemos una imagen que consuela. Otras veces mostramos una contradicción que duele. Esta soledad permite pensar los vínculos desde esa doble condición. Necesitamos acercarnos para reconocernos y al hacerlo exponemos las partes que más habíamos intentado proteger. La persona que tenemos delante puede tocar una herida cuya existencia apenas conocíamos.


La imagen de los puercoespines ilumina esa dificultad. Buscamos el calor de otros cuerpos mientras nuestras propias defensas pueden herirlos. Nos acercamos a la familia y a los seres queridos con la esperanza de encontrar descanso. Pero llevamos también el miedo al abandono y las expectativas que nunca supimos expresar. Una palabra pronunciada desde el cansancio alcanza un lugar antiguo. Un gesto de protección puede sentirse como una forma de dominio. Después nos alejamos doloridos de quienes necesitábamos cerca. Encontrar una distancia donde el afecto pueda respirar se convierte en un aprendizaje que nunca terminamos del todo.


El guion de Giner y Luisa Matienzo deja que esas contradicciones atraviesen los recorridos separados de los protagonistas. El pasado compartido continúa actuando sobre sus respectivos presentes. Entre ambas vidas queda una distancia que el espectador debe habitar. La película deja huecos y elementos fuera de campo para que quien mira los complete desde su propia experiencia. Esa apertura forma parte de su propuesta narrativa. Los personajes conservan una intimidad que no se entrega por completo. Podemos acompañarlos sin poseer todas las claves de sus decisiones. 


Hay una forma de respeto en esa renuncia a explicarlo todo. Las personas tampoco llegan a nuestra vida acompañadas de una interpretación definitiva. A menudo las queremos mientras todavía estamos intentando comprenderlas. A menudo debemos aceptar que una parte de lo que sienten permanecerá fuera de nuestro alcance. La película confía en esa incertidumbre y permite que la emoción nazca también de lo que apenas podemos intuir.


El ritmo responde al tiempo de unas existencias cansadas. La incomodidad tiene duración. La acumulación de conflictos puede resultar exigente y por momentos amenaza con cargar demasiado los recorridos de los protagonistas. Esa tensión afecta al espacio disponible para observarlos. Sus pasajes más sugerentes son aquellos donde el sufrimiento deja de necesitar nuevos acontecimientos y encuentra expresión en una presencia. El cansancio adquiere entonces una densidad que ninguna explicación podría sustituir.


Bilbao participa de esa experiencia desde su geografía y su memoria. Los entornos industriales aportan una materialidad que prolonga el desgaste emocional. La fotografía de Lali Rubio acompaña una ciudad cuyos espacios conservan huellas de usos y expectativas anteriores. Esa persistencia dialoga con unos personajes que también llevan dentro la memoria de lo que pensaban llegar a ser. El paisaje permite leer el tiempo como algo que transforma y deja marcas. La ciudad y sus habitantes parecen compartir el esfuerzo de reconocerse después de haber cambiado. 


La ambientación encuentra una expresión dolorosa en los objetos de la convivencia. Guardar las pertenencias de quien se ha marchado convierte una separación en una tarea concreta. La ropa cabe en una maleta. El tiempo compartido resulta más difícil de recoger. El atrezo adquiere ahí una función narrativa que alcanza a la memoria. Las cosas siguen existiendo después de perder su lugar dentro de una vida común. Tocarlas obliga a reconocer que algo ha cambiado aunque todavía no sepamos cómo vivir con ese cambio.


Durante el rodaje Lali Rubio preguntó a Giner dónde le gustaría presentar la película. Él respondió que en New Directors del Festival de San Sebastián. La posterior selección convirtió aquel deseo compartido entre esperas de trabajo en una realidad. La anécdota contiene una escala humana acorde con la película. Antes de los estrenos hay un equipo que intenta construir algo sin saber dónde llegará. Antes del reconocimiento existe esa confianza provisional entre personas que trabajan juntas. 


La música de Claudia Torrente encuentra en la trompeta una voz afín a ese universo. Giner concibió su presencia mientras escuchaba composiciones de Zbigniew Preisner y caminaba por Bilbao. Su vínculo con la música de Kieślowski permite comprender la búsqueda de una expresión sonora para aquello que permanece sin decir. El instrumento necesita del aliento para existir. Cada frase musical nace de un cuerpo y se aleja de él. Esa condición invita a escuchar la trompeta como una tentativa de contacto. Un sonido que atraviesa la distancia sin saber quién lo recibirá.


La película admite un diálogo con Cassavetes por su atención a la contradicción afectiva y al cuerpo de los intérpretes. También permite pensar en el realismo social británico cuando vincula las relaciones personales con las condiciones materiales. Son afinidades desde las que leer una obra que concede importancia al desgaste cotidiano. El dinero determina posibilidades concretas. El trabajo ocupa horas que ya no estarán disponibles para escuchar. El cuidado exige una presencia que puede agotar a quien la ofrece. El amor sucede dentro de esas condiciones. Su dificultad tiene una dimensión social.


Desde esa perspectiva la continuidad con Yo adicto adquiere una profundidad particular. En ambas obras puede reconocerse el valor de permitir que otro se acerque al lugar donde nos sentimos más vulnerables. Pedir ayuda implica aceptar una dependencia humana que puede resultar difícil de admitir. Necesitamos a los demás incluso cuando hemos aprendido a presentarnos como personas capaces de resolverlo todo. La soledad se vuelve más dura cuando creemos que debemos superarla sin compañía. Esta soledad deja espacio para pensar en el cuidado como una relación donde también quien sostiene necesita ser sostenido.


Su mirada hacia Leo y Lorea contiene afecto sin borrar sus contradicciones. Pueden equivocarse. Pueden herir a alguien mientras buscan alivio. La fragilidad no vuelve inofensivas nuestras decisiones. Pero atender a esa fragilidad cambia la manera de juzgarlas. Una vida puede contener egoísmo y generosidad dentro de la misma jornada. Puede haber amor en una persona que no encuentra fuerzas para demostrarlo. La película invita a permanecer cerca de esa complejidad.


A veces el encuentro con otro rompe el espejo donde habíamos aprendido a reconocernos. La persona a la que queríamos ayudar nos devuelve una necesidad de reconocimiento que preferíamos ignorar. Una expectativa de obediencia. El deseo de que nuestra presencia consiga reparar aquello que nos duele contemplar. Ese descubrimiento puede resultar devastador. Nos deja sin la explicación con la que habíamos protegido nuestras intenciones. También abre la posibilidad de reconstruir una relación más honesta con nosotros mismos. Aceptar nuestras contradicciones permite acercarnos con menos certezas y con una atención más verdadera.


Quizá por eso permitirse llorar ante un ser querido adquiere tanta importancia. Hay un momento en que sostener la propia imagen consume las fuerzas que necesitaríamos para vivir. Llorar delante de alguien supone dejar caer esa exigencia. Consentir que nos vea desbordados. Reconocer que también nosotros necesitamos refugio. La intimidad puede empezar ahí. En una presencia ante la que ya no hace falta ordenar el dolor para volverlo comprensible.


Esta soledad invita a imaginar ese encuentro. Dos personas que han podido herirse y que todavía pueden aprender a estar cerca. Dos vidas que conservan sus diferencias sin exigir una reconciliación perfecta. Quizá el cuidado empiece cuando dejamos de buscar en el otro el reflejo que nos tranquiliza y aceptamos mirar a quien realmente tenemos delante. Alguien tan limitado como nosotros. Alguien que tampoco sabe siempre cómo hacerlo. Alguien junto a quien un día podemos llorar sin sentir que hemos perdido nuestro lugar.


Los huecos que Giner deja abiertos permiten que esa experiencia alcance nuestra propia memoria. Hay silencios donde cada espectador reconocerá algo distinto. Un rostro puede devolvernos a alguien. Una distancia puede despertar una despedida que todavía no había encontrado palabras. La película continúa entonces dentro de quien la mira. Sus imágenes entran en contacto con una vida que el director desconoce y empiezan a significar también desde ella.


Quizá lo más doloroso de crecer sea aceptar que algunas vidas compartidas no podrán continuar. Quedan costumbres que ya no encuentran destinatario. Queda el impulso de contarle algo a quien dejó de estar. Queda una forma de mirar el mundo que aprendimos junto a otra persona. Reconocer ese legado puede ser una manera de despedirse. Agradecer lo que existió sin obligarlo a durar para siempre. Dejar que el recuerdo encuentre un lugar donde acompañarnos sin impedirnos seguir.


La esperanza de Esta soledad cabe en gestos todavía posibles. Volver a confiar después del desencuentro. Pedir compañía antes de que el silencio se vuelva demasiado grande. Aceptar que nuestra fragilidad también merece un sitio junto a los demás. Nadie debería tener que llegar entero para poder ser querido. Hay días en que acercarse consiste apenas en permitir que alguien vea cuánto nos cuesta mantenernos en pie.


Al final queda la posibilidad de habitar la vida con una exigencia menos cruel. De concedernos el tiempo que tantas veces hemos sabido ofrecer a otros. De mirar a quien tenemos delante sin pedirle que convierta inmediatamente su dolor en una lección. Hay heridas que necesitan compañía mucho antes de encontrar sentido. Hay personas que empiezan a regresar cuando sienten que alguien puede esperar su regreso.


Esta soledad termina de hacerse en ese lugar que cada espectador le presta. En los nombres que recuerda. En las ausencias que lleva consigo. En todo aquello que las imágenes han rozado sin nombrarlo. Sus huecos nos permiten entrar con nuestra propia vida y permanecer un momento junto a la de otros. Allí nace su emoción más hermosa. La de descubrir que alguien ha sabido dar forma a una soledad que creíamos exclusivamente nuestra. Y sentir que pesa un poco menos. Que todavía podemos acercarnos. Que aún hay una parte de nosotros capaz de abrir la puerta y dejar entrar a alguien.


Xabier Garzarain 

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