“El ser querido:”todos los silencios que una familia nunca supo decir.
La trayectoria cinematográfica de Rodrigo Sorogoyen llevaba años avanzando hacia un lugar como este. Desde Stockholm (2013) pasando por Que Dios nos perdone (2016) El reino (2018) Antidisturbios (2020) As bestas (2022) y Los años nuevos (2024) su cine siempre ha orbitado alrededor de personajes heridos hombres y mujeres atrapados en una tensión moral constante personas que hablan poco pero sienten demasiado. Directores hay muchos pero autores capaces de convertir el conflicto emocional en una experiencia física hay muy pocos y Sorogoyen pertenece ya a esa categoría donde cada película se espera como un acontecimiento. El ser querido no es solamente su película más madura sino también la más desnuda la más dolorosa y probablemente la más íntima. Aquí desaparece gran parte del artificio del thriller que le convirtió en uno de los cineastas más admirados de Europa para entrar directamente en un territorio devastador el de los vínculos familiares rotos el peso de la culpa y la necesidad imposible de reparar el pasado.
La interpretación de Javier Bardem es sencillamente monumental. No interpreta a Esteban Martínez lo habita como si llevara décadas viviendo dentro de él. Hay algo profundamente aterrador en su presencia porque Sorogoyen jamás lo convierte en un monstruo evidente. Ese es precisamente el gran hallazgo. Esteban puede resultar encantador brillante divertido magnético incluso tierno durante algunos momentos y precisamente por eso duele todavía más descubrir el daño emocional que ha ido dejando alrededor suyo. Bardem consigue transmitir el agotamiento de un hombre que ha vivido demasiado rápido que convirtió la genialidad en refugio y el ego en mecanismo de defensa. Cada mirada suya parece esconder una conversación pendiente. Cada silencio tiene más fuerza que muchos monólogos del cine actual. Pero lo verdaderamente extraordinario es cómo permite que el personaje se derrumbe poco a poco sin buscar nunca la lágrima fácil ni el histrionismo. Es una interpretación llena de matices de pequeñas grietas internas de contradicciones humanas.
Victoria Luengo realiza probablemente el trabajo más importante de toda su carrera. Emilia es el corazón emocional de la película y también su herida abierta. Luengo consigue algo dificilísimo que el espectador entienda su rabia incluso cuando calla. Su personaje vive atrapado entre la necesidad desesperada de recibir amor y el miedo absoluto a volver a sufrir. Hay escenas donde simplemente observa a su padre desde el otro lado del set y en esos ojos agotados cabe toda una infancia rota. La química entre Bardem y Luengo es tan real que en algunos momentos parece directamente un documental sobre dos personas incapaces de comunicarse sin hacerse daño. No interpretan diálogos sino años de resentimiento acumulado.
Raúl Arévalo aporta una calma amarga que funciona como contrapunto perfecto mientras Marina Foïs introduce una sensibilidad inesperada llena de heridas invisibles. Mourad Ouani Raúl Prieto Melina Matthews y Nuria Prims construyen un ecosistema humano creíble donde nadie parece estar actuando sino sobreviviendo alrededor de una figura tan brillante como destructiva.
El ritmo de la película es hipnótico. Sorogoyen demuestra una vez más que entiende el tempo emocional mejor que casi cualquier director europeo contemporáneo. Durante sus ciento treinta y cinco minutos jamás existe sensación de artificio ni de manipulación narrativa. Todo fluye con una naturalidad devastadora. La película avanza como una conversación pendiente que lleva años intentando producirse. No busca grandes giros ni golpes de efecto sino pequeñas explosiones emocionales que terminan resultando muchísimo más demoledoras. Cada escena parece alargar la tensión unos segundos más de lo habitual como si el director quisiera obligarnos a permanecer dentro de la incomodidad. Y funciona. Porque El ser querido no quiere entretenernos quiere enfrentarnos a algo profundamente humano el miedo de convertirnos en las mismas personas que nos hicieron daño.
La trama es aparentemente sencilla pero emocionalmente gigantesca. Un director de cine legendario ofrece a su hija un papel en su nueva película. Lo que podría parecer una oportunidad profesional acaba convirtiéndose en una excavación brutal del pasado. El rodaje se transforma poco a poco en un campo de batalla emocional donde cada conversación cada mirada y cada recuerdo funciona como una detonación. Isabel Peña y Rodrigo Sorogoyen escriben uno de los guiones más inteligentes y devastadores del cine español reciente porque entienden algo esencial las familias rara vez se destruyen por una sola gran tragedia. Normalmente se rompen a través de pequeñas ausencias de silencios repetidos de egoísmo cotidiano de heridas que nunca llegan a cerrarse.
La película habla constantemente del poder pero no del poder político ni económico sino del emocional. Del poder que tienen los padres sobre los hijos incluso cuando ya son adultos. Del daño que puede provocar alguien incapaz de mirarse a sí mismo. Del precio de la genialidad cuando se utiliza como excusa para destruir a quienes te aman. Sorogoyen parece preguntarnos durante toda la película si el talento justifica realmente determinadas conductas o si llevamos demasiado tiempo romantizando a ciertos hombres brillantes simplemente porque admiramos su obra.
Las anécdotas del rodaje ya empiezan a circular por Cannes y muchas apuntan a un proceso emocionalmente intensísimo especialmente entre Bardem y Luengo. Se nota en pantalla esa sensación de convivencia prolongada de desgaste emocional real. Hay secuencias que poseen una verdad tan incómoda que cuesta creer que estuvieran completamente ensayadas. Sorogoyen vuelve a demostrar además su obsesión casi enfermiza por la precisión técnica pero aquí puesta al servicio de algo mucho más íntimo. Todo parece pensado para que los actores respiren dentro de la escena sin sentir el peso de la cámara.
La fotografía de Álex de Pablo es una absoluta maravilla silenciosa. No busca el preciosismo vacío sino la verdad emocional de los espacios. Cannes aparece luminosa pero también melancólica casi fantasmal mientras los interiores poseen una frialdad elegante que termina convirtiéndose en prisión emocional. Hay primeros planos donde la luz parece acariciar las arrugas del cansancio moral de los personajes. Todo transmite una sensación de decadencia emocional preciosa y dolorosa al mismo tiempo.
El atrezo y la dirección artística construyen un universo profundamente creíble lleno de pequeños detalles que hablan constantemente de los personajes sin necesidad de verbalizarlos. Camerinos hoteles pasillos sets de rodaje copas abandonadas fotografías antiguas guiones marcados todo parece cargado de memoria emocional. Nada está colocado al azar. Cada objeto parece pertenecer realmente a una vida anterior.
La música de Olivier Arson vuelve a ser esencial pero esta vez desde la contención absoluta. Desaparece la agresividad sonora de trabajos anteriores para dejar paso a una partitura mucho más melancólica casi fantasmal. La música aparece como un eco emocional de los personajes como una tristeza suspendida en el aire. Hay momentos donde el silencio pesa muchísimo más que cualquier melodía y Sorogoyen sabe utilizarlo de forma magistral.
La relación con otras películas del género resulta inevitable. Hay ecos de Todo sobre mi madre (1999) por esa exploración de los vínculos familiares desde la herida emocional. También aparecen sombras de Opening Night (1977) de John Cassavetes y especialmente de Dolor y gloria (2019) aunque El ser querido posee una oscuridad emocional mucho menos nostálgica y bastante más incómoda. Incluso podría recordar por momentos a Secretos de un matrimonio (1973) por esa forma de convertir las conversaciones aparentemente sencillas en auténticas guerras emocionales.
Pero lo más impresionante de El ser querido es lo que Rodrigo Sorogoyen parece querer transmitirnos realmente. La película habla del perdón pero no desde el sentimentalismo barato. Habla de la imposibilidad de cambiar el pasado y de cómo muchas personas pasan la vida entera esperando unas palabras que probablemente nunca llegarán. Habla de hijos que siguen buscando amor en padres incapaces de ofrecérselo. Habla del ego masculino de las generaciones que confundieron autoridad con afecto y talento con impunidad. Habla del miedo a parecernos a nuestros padres incluso cuando hemos prometido no hacerlo jamás.
Y sobre todo habla de algo profundamente humano la necesidad desesperada de ser vistos de verdad por las personas que más amamos. Porque al final todos somos un poco Emilia intentando entender por qué alguien capaz de emocionar al mundo entero fue incapaz de abrazar correctamente a su propia hija. Y todos somos también un poco Esteban intentando justificar nuestros errores detrás del cansancio el talento o las heridas heredadas.
Cuando termina la película no sales del cine pensando únicamente en lo buena que es. Sales pensando en tus propias relaciones en tus silencios pendientes en las conversaciones que nunca te atreviste a tener. Sales recordando personas. Y eso es exactamente lo que diferencia una gran película de una obra maestra. Que no termina cuando aparecen los créditos sino mucho después cuando vuelves caminando solo por la noche y sigues sintiendo que algo dentro de ti se ha roto un poco.
Xabier Garzarain

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