“En silencio”: el coraje de filmar lo invisible.
La trayectoria cinematográfica de Sara Sálamo es la historia de una mirada que aprendió a escuchar antes que a hablar. Nacida en Madrid en 1992, se forjó entre los platós de televisión y el vértigo de la interpretación. Desde muy joven entendió que actuar no era fingir sino ofrecerse, y que en ese gesto de entrega había algo sagrado. Su carrera comenzó en la televisión, pero pronto se cruzó con directores que la empujaron a otro territorio. En Todos lo saben (2018) de Asghar Farhadi compartió escena con Penélope Cruz y Javier Bardem y descubrió que el silencio entre dos miradas puede tener más fuerza que una página de diálogo. En El año de la furia (2021) se sumergió en la herida política y emocional de un país en conflicto, mientras que en La mujer dormida (2023) exploró la intimidad de la pérdida y el miedo a despertar. Cada papel fue una forma de búsqueda, una manera de entender el alma humana. Pero con el paso del tiempo esa necesidad se transformó en otra: no ser parte de una historia, sino crearla.
Así nace En silencio, su ópera prima, un documental que se adentra en la línea más delgada entre el amor, la fe y la fragilidad. Tras su paso por los festivales de Málaga, Sevilla y la 73 edición de San Sebastián, la película revela a una cineasta que no necesita ruido para emocionar. Sálamo dirige, escribe, sostiene la cámara y graba el sonido con sus propias manos. Es una mujer que lo hace todo, no por control, sino por pureza. Filmar sola, sin intermediarios, era la única manera de llegar a la verdad que buscaba. En cada plano se percibe esa intimidad radical, como si el espectador asistiera no a una filmación sino a una confesión.
Isco Alarcón aparece ante la cámara como un hombre que se enfrenta a la pérdida de su cuerpo. La lesión que lo aparta del fútbol lo obliga a convivir con un silencio más profundo que el dolor. Sálamo no le pide que actúe. Solo le pide que esté. Que respire. Que se permita ser humano. Lo filma con la delicadeza con la que se filma algo que puede romperse. La cámara se mueve con él como una segunda piel, lo acompaña en la soledad, en el entrenamiento, en la madrugada. No hay espectadores. No hay estadios. Solo un cuerpo aprendiendo a confiar en sí mismo.
El guion es una partitura invisible. Sálamo no busca explicar. Deja que el tiempo hable. Cada repetición, cada fallo, cada avance minúsculo se convierte en un capítulo de esa travesía silenciosa. La estructura se sostiene sobre gestos, sobre la música de lo cotidiano. La directora entiende que no hay historia más poderosa que la de alguien que sigue intentándolo. La vida, filmada así, se vuelve milagro.
El rodaje fue una extensión de ese milagro. Sin un equipo detrás, sin focos ni artificios, Sálamo transformó la casa, el gimnasio y los pasillos en templos del esfuerzo. La cámara a veces tiembla, a veces se detiene, a veces respira antes de seguir. Es cine hecho con el pulso. Es mirada que se entrega. La directora no observa desde fuera, participa. Y en esa fusión nace la verdad que el documental alcanza.
La fotografía de Isabel Ruiz Ruiz se desliza entre lo físico y lo espiritual. No busca el impacto visual, busca la luz que acaricia. Hay algo casi místico en cómo los rayos del amanecer atraviesan la habitación, en cómo la sombra cubre un gesto cansado, en cómo la piel brilla por el sudor. Cada plano tiene la textura de un recuerdo. Lo cotidiano se vuelve trascendente. En esa luz se esconde la fe de la película.
El atrezo no se diseña, se vive. Cada elemento del entorno —las vendas, el hielo, una camiseta arrugada, un balón que ya no rueda— es una huella del proceso. Son objetos que cuentan sin decir. Testimonios del esfuerzo, del dolor y de la rutina. Todo parece respirar junto al protagonista. Sálamo logra lo que pocos directores consiguen: que los objetos sean almas, que los espacios respiren, que el mundo cotidiano se vuelva sagrado.
La música no es un acompañamiento, es una respiración compartida. A veces un piano en la distancia, otras un eco electrónico que vibra con el corazón. Pero es el silencio el que marca el ritmo, ese silencio que no es vacío, sino refugio. El sonido del agua cayendo, el roce de los vendajes, una exhalación profunda después del esfuerzo. Todo suena como si el cuerpo estuviera aprendiendo a hablar de nuevo. La directora sabe que el verdadero lenguaje del cine es el sonido de la vida misma.
En silencio dialoga con The Wrestler de Darren Aronofsky y con Still Life de Jia Zhangke, con las miradas contenidas de Naomi Kawase y los espacios contemplativos de Hirokazu Kore-eda. Pero lo hace desde una voz completamente propia. Si aquellas películas hablaban del cuerpo roto o del alma en pausa, esta habla de ambos al mismo tiempo. Sálamo filma la fractura y la esperanza con la misma ternura, y eso la convierte en heredera de un tipo de cine que cree en la belleza del esfuerzo anónimo.
En su conclusión, la película se abre como una herida luminosa. Isco no triunfa ni fracasa. Solo existe. Camina, respira, avanza un poco más. El cine deja de ser documento para convertirse en gesto de amor. Y Sara Sálamo demuestra que la cámara puede ser también un acto de fe. En un mundo que mide el valor por los resultados, ella filma lo invisible. Lo que no se ve, lo que no se aplaude, lo que permanece.
En silencio no es solo una película. Es una ofrenda. Un recordatorio de que la vida continúa incluso cuando el ruido se apaga. Es un film que, como escribió Rilke, nos invita a vivir las preguntas, a abrazar la incertidumbre como forma de existencia. Sálamo filma la vulnerabilidad con la misma devoción con la que otros filman el heroísmo. Y en ese gesto, tan sencillo y tan audaz, convierte el cine en un acto de amor puro.
Xabier Garzarain

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