“Un fantasma útil”: limpiar el polvo, despertar la memoria.
Ratchapoom Boonbunchachoke irrumpe en el largometraje como quien entra en un territorio virgen con un mapa dibujado a mano. Hasta ahora sus cortos ya mostraban un pulso juguetón, obsesivo con lo extraño, como si el cine fuera para él un ritual de descubrimiento. Con esta ópera prima se planta en la arena mayor, y lo hace con la insolencia, la elegancia y el riesgo de un autor que no viene a cumplir expectativas sino a reescribirlas. Su triunfo en la Semana de la Crítica de Cannes confirma que no sólo está llamado a hacer ruido, está llamado a perturbar y a emocionar de la mano del absurdo. Lo más fascinante de su dirección es cómo respeta la tradición del cine de fantasmas tailandés y la subvierte desde dentro: los espíritus no sólo acechan, colaboran; las casas no sólo guardan fantasmas, contienen memorias en mora. Y él filma con la certeza de quien sabe que lo sobrenatural es un canal para lo más humano
Davika Hoorne como Nat, la mujer que vuelve en forma de aspiradora, construye un personaje imposible y creíble, con los contornos de la fábula y el peso emocional de la pérdida. Cuando camina, flota. Cuando aspira polvo, conjura recuerdos. Wisarut Himmarat como March, el marido que cree lo que nadie quiere ver, encarna el duelo que no se resigna, un hombre que abraza lo inverosímil porque ha perdido lo más real. Apasiri Nitibhon como Suman, la madre-dueña de la fábrica, pone cara humana a la culpa industrial, al silencio que produce muertos y sueños rotos. Y Wanlop Rungkamjad aporta una luz lateral, un respiro cómico que sin romper el tono lo hace más humano. Juntos componen una familia que ya no es solo un microcosmos, es un cruce de luchas: duelo, memoria, clase, deseo.
El pulso de la película es irregular de forma deliberada: a ratos se desliza con calma de cuento, respirando en sus silencios; de pronto explota en violencia, fantasía y sátira. Eso desconcierta al principio, pero luego se agradece porque obliga a dejarse llevar. En su tramo medio Boonbunchachoke juega al equilibrista entre lo cómico, lo romántico, la fábula y la fábula política, y cuando la función se vuelve más grave –cerca del final– ese desequilibrio medido se transforma en catarsis. Las críticas lo han señalado como su mayor riesgo: el viraje hacia lo político puede romper la armonía del tono. Pero ese mismo viraje es también su mayor hallazgo: el caos se organiza, la sátira deviene en elegía, y ese salto es lo que convierte lo singular en inolvidable.
March pierde a Nat debido a una enfermedad respiratoria causada por la contaminación del polvo en una fábrica familiar de aspiradoras. Nat muere, pero regresa en forma de aspiradora para cuidar de March, para forzar el vínculo que la muerte había roto. Pero lo doméstico se abre en fisura cuando detrás de esa fábrica y de ese polvo se adivinan obreros muertos, represión, memoria borrada. La película comienza casi como comedia absurda —un hombre que habla con su aspiradora poseída— y termina como fábula de resistencia: aspirar polvo es un acto de memoria; encender un aparato, un gesto político. Es cine que comienza en la casa y viaja al país.
El guion escrito por el propio Boonbunchachoke articula una extraña geometría: lo cotidiano convive con lo fantástico, lo doméstico con lo colectivo, el amor privado con la memoria pública. Usa el humor seco, la deadpan comedy, para introducir lo grave —las referencias a la contaminación, a la explotación, a la historia reprimida— y lo hace sin convertir el tono en ensayo: el dispositivo aparece como extrañamiento y luego duele como verdad. Las críticas lo identifican como algo que no debería funcionar porque mezcla fantasmas, electrodomésticos y política, y sin embargo funciona.
El director ha comentado en entrevistas que empezó a escribir la película tras los acontecimientos políticos de Tailandia, tras un golpe de estado, y la metáfora del polvo-fantasma comenzó como una imagen real de ciudad y fábricas que respiraban muerte silenciada. Se rodó con voluntad de mezclar lo artesanal (efectos de aspiradoras, polvo real, aparatos antiguos) con planos largos, contención y pequeños estallidos de fantasía. En Cannes, tras la proyección, el director dedicó el premio a todos los fantasmas en Tailandia.
Pasit Tandaechanurat firma una fotografía que convierte el polvo en luz, que convierte la aspiradora en icono, que convierte la fábrica en un mausoleo de barro y humo. La cámara se mueve lenta, observa cables, observa sacudidas de polvo que caen como ceniza. Los colores cambian de la calma doméstica —blancos, grises y beiges— al rojo industrial, al oro sucio, al verde enfermizo del filtro del aire. El contraste es parte del tema: lo limpio que aspira el electrodoméstico, lo sucio que persiste en la fábrica, en los cuerpos, en la historia. Se recuerda como una película que estalla en color y al mismo tiempo no te deja respirar.
El atrezo es esencial: la aspiradora no es solo choque visual, es personaje. Los cables, la bolsa de polvo, los botones, la marca de fábrica… cada detalle habla de clase, de producción, de valor. Los objetos domésticos se vuelven reliquias. La fábrica llena de máquinas abandonadas se convierte en un templo de muertos. Es un dispositivo de fábula que muestra que lo que parece inútil es lo más poderoso: un electrodoméstico que aspira quizá pueda vaciar la memoria o al contrario, llenarla.
La partitura de Chaibovon Seelukwa es una de esas rarezas elegantes: los sintetizadores industriales se mezclan con tambores de bronce, con silencio profundo, con fluctuaciones de tono. Algunas escenas usan música casi de videojuego para subrayar lo absurdo; otras usan cuerdas para que duela. La música no es ornamental: es parte del mecanismo de fantasmas que respiran, de la casa que ronronea como máquina viva.
La película dialoga con la tradición del cine de fantasmas tailandés —la figura de Mae Nak, la casa maldita— y con el cine contemporáneo de fábula política. Las referencias mencionadas lo acercan a Yorgos Lanthimos por el humor absurdo, a Spike Jonze por la máquina que ama y a Apichatpong Weerasethakul por la historia nacional que acecha. Pero al mismo tiempo Boonbunchachoke no copia: construye su propio eco en la memoria colectiva de un país que quiere olvidar y a la vez no puede.
Me encantó esta película porque parece escrita para acunarte y luego para zarandearte. La mezcla de humor extravagante y corazón herido crea una experiencia que parece simple —una aspiradora poseída— y resulta profunda: una exploración valiente del duelo, del deseo, de la culpa industrial, de la memoria que no se limpia. Ratchapoom Boonbunchachoke filma lo doméstico como si fuera un mundo entero, y lo absurdo como si fuera verdad irrefutable. Al final de A Useful Ghost, lo que queda no es solo una historia de fantasmas, es un testamento para quienes no pudieron hacerse útiles mientras vivían, para quienes regresan de algún modo y exigen no solo ser recordados sino ser necesarios. Esta ópera primera es un paso gigante: una comedia fantástica que sacude, y al hacerlo, limpia el polvo que pensábamos que ya habíamos olvidado. Si el cine sirve para algo es para que miremos lo que no mirábamos; esta película lo hace con risa, con espanto, con ternura y con furia. Te quedarás pensando en ella mucho después de que los créditos hayan corrido.
Xabier Garzarain

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