“Turno de guardia”: cuando cuidar tambien duele.
La trayectoria cinematografica de Petra Biondina Volpe comienza con una mirada siempre atenta a los conflictos sociales que atraviesan la vida cotidiana. En Dreamland (2013) exploraba la fragilidad de las periferias europeas durante una noche de navidad donde distintas historias se cruzaban con una delicadeza casi documental. En The Divine Order (2017) convertia la lucha por el voto femenino en Suiza en un relato vibrante y profundamente humano que combinaba rigor historico y emocion popular. En Heldin (2025) da un paso mas y concentra toda su fuerza narrativa en un unico espacio cerrado un hospital durante un turno de noche transformando lo cotidiano en una experiencia de tension moral y fisica que late sin descanso. Su cine siempre ha estado atravesado por la pregunta de que significa sostener la dignidad cuando las estructuras empiezan a resquebrajarse y en Turno de guardia esa pregunta alcanza una forma casi insoportable por su verdad.
La interpretacion de Leonie Benesch es el eje absoluto sobre el que gira la pelicula. Su Floria no es una heroina impostada ni una victima melodramatica. Es una profesional precisa disciplinada y empatica que se mueve por los pasillos con la concentracion de quien sabe que cada gesto puede marcar una diferencia decisiva. Benesch compone el personaje desde la contencion desde el cansancio que apenas asoma en la mirada desde la respiracion que se acelera cuando el tiempo empieza a jugar en su contra. La camara se adhiere a su cuerpo como si cada paso fuera una cuenta atras y la actriz sostiene ese peso con una verdad que desarma. A su alrededor el reparto secundario construye un ecosistema verosimil donde cada paciente cada compañero cada superior aporta una pieza mas al engranaje de presion que termina por desbordar la noche.
El ritmo de la pelicula es implacable. Volpe opta por una narracion en tiempo casi real que convierte el turno nocturno en un laberinto sin salida. No hay grandes explosiones dramaticas ni giros artificiosos. La tension nace de la acumulacion de pequeñas urgencias de timbres que suenan de llamadas que se superponen de miradas que piden ayuda en silencio. La camara sigue a Floria por corredores estrechos por habitaciones saturadas por salas de urgencias desbordadas y esa proximidad genera una sensacion de claustrofobia que recuerda a los grandes thrillers morales donde el suspense no depende de un asesino sino del error humano.
La trama es sencilla en apariencia una enfermera ejemplar afronta una noche de falta de personal y saturacion hospitalaria hasta que comete un error que amenaza con desencadenar consecuencias irreversibles. Sin embargo bajo esa premisa late un retrato feroz del sistema sanitario contemporaneo. El hospital no es solo un escenario es una maquina tensionada al limite donde la excelencia individual no basta para compensar las grietas estructurales. La angustiosa carrera contrarreloj no es solo para salvar a un paciente sino para sostener una idea de servicio publico que parece erosionarse turno tras turno.
El guion escrito por la propia Volpe evita el subrayado facil. No hay discursos inflamados ni villanos caricaturescos. El desmantelamiento de la sanidad publica aparece a traves de decisiones administrativas de turnos imposibles de ratios insuficientes de cuerpos agotados que sostienen lo insostenible. El error de Floria no es fruto de la incompetencia sino de un sistema que empuja al limite a quienes lo sostienen. Esa dimension etica convierte la pelicula en algo mas que un drama hospitalario la transforma en una reflexion sobre la responsabilidad compartida entre individuo e institucion.
En cuanto a anecdotas del rodaje la decision de trabajar con asesores medicos reales y de rodar en espacios hospitalarios autenticos aporta una textura de verdad que atraviesa cada plano. No se percibe impostacion sino una voluntad de inmersion casi fisica en la rutina sanitaria. La fotografia de Judith Kaufmann apuesta por una luz fria contenida que refuerza la sensacion de noche interminable y de fragilidad humana bajo fluorescentes que no descansan. El atrezo esta cuidado hasta el detalle desde los monitores hasta los carros de medicacion creando un entorno donde cada objeto tiene peso dramatico. La musica de Emilie Levienaise Farrouch acompaña con una partitura sutil que no invade sino que subraya el pulso interno de la protagonista convirtiendo el latido en elemento narrativo.
La relacion con otras peliculas del genero es evidente pero tambien matizada. Puede dialogar con urgencias emocionales como las de Bringing Out the Dead (1999) en su retrato de la noche sanitaria o con el realismo social de Rosetta (1999) en su seguimiento casi corporal de un personaje al limite. Sin embargo Turno de guardia encuentra su propia identidad al centrarse no en el heroismo espectacular sino en la fragilidad de quien sostiene el sistema desde dentro.
Hay algo profundamente doloroso en la mirada de Floria al final de la pelicula. No es solo culpa ni miedo es la conciencia de estar atrapada en un sistema que exige perfeccion mientras retira recursos. Turno de guardia duele porque humaniza a quienes solemos ver como figuras funcionales en un hospital. Detras de cada enfermera hay una mujer que tambien esta cansada que tambien tiene miedo de fallar que tambien vuelve a casa con el peso de decisiones imposibles. Petra Biondina Volpe nos obliga a sentir esa carga en primera persona. Y cuando salimos del cine entendemos que no estamos hablando de ficcion sino de una realidad que ocurre cada noche. La pelicula nos deja con una pregunta que quema por dentro cuanto mas vamos a exigir a quienes nos cuidan antes de empezar a cuidarlas nosotros.
Xabier Garzarain

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