“Tres adioses”:o cuando la vida deja de esperar.
La trayectoria cinematográfica de Isabel Coixet ha sido siempre una exploración íntima de la fragilidad humana de los cuerpos que sienten antes de entender de las vidas que se quiebran sin hacer ruido y de las mujeres que descubren su verdad cuando el mundo deja de ofrecerles refugio Desde Mi vida sin mi (2003) hasta La vida secreta de las palabras (2005) y La libreria (2017) su cine ha ido depurando una sensibilidad cada vez más desnuda más esencial más incómoda porque cuanto más avanza su filmografía menos necesita apoyarse en estructuras narrativas reconocibles y más se acerca a algo mucho más difícil capturar el instante en que una vida se rompe sin hacer ruido Tres adioses (2025) es quizá el punto donde esa búsqueda alcanza su forma más radical aquí Coixet no acompaña a sus personajes los deja expuestos no suaviza el golpe lo deja caer no ofrece refugio obliga a habitar el vacío Y en ese vacío es donde la película encuentra su verdadera dimensión no como relato sino como experiencia.
La interpretación de los personajes no sostiene la película la define Alba Rohrwacher no construye un personaje lo descompone Marta no evoluciona se desplaza se apaga se reconfigura desde dentro Hay algo profundamente inquietante en su forma de estar en pantalla porque no hay voluntad de mostrarse hay una especie de retirada constante como si el personaje estuviera aprendiendo a desaparecer sin dejar de sentir Su trabajo no es emocional en el sentido convencional no busca que el espectador empatice busca que el espectador se acerque que tenga que entrar en ella que tenga que completar lo que no se dice Cada gesto mínimo cada respiración cada mirada desviada construye un mapa invisible de lo que está ocurriendo Marta no verbaliza su transformación la encarna y ahí Rohrwacher alcanza un nivel interpretativo extraordinario porque convierte el silencio en lenguaje y la fragilidad en una forma de conocimiento.
Elio Germano se sitúa en el extremo opuesto pero no como contraste fácil sino como contrapunto necesario Su Antonio no es un hombre que sufre es un hombre que se protege que se organiza que se aferra a lo que todavía puede controlar La cocina es su territorio su trinchera su forma de mantener el mundo en pie cuando todo empieza a tambalearse Germano entiende perfectamente que su personaje no necesita grandes gestos necesita sostener una tensión interna constante una energía contenida que nunca termina de estallar porque hacerlo implicaría reconocer lo que está ocurriendo Y en esa contención construye un personaje profundamente humano alguien que no sabe acompañar porque no sabe detenerse alguien que sigue adelante porque no tiene otra herramienta que el movimiento
Lo que ocurre entre ambos es de una precisión emocional casi dolorosa no hay escenas de confrontación no hay grandes diálogos reveladores hay algo mucho más real una desincronización progresiva una distancia que se instala sin ser nombrada Dos formas de estar en el tiempo que dejan de coincidir Ella se detiene para sentir él acelera para no sentir Ella escucha el mundo con una intensidad nueva él se refugia en lo que ya conoce Y en ese cruce se instala la verdadera tragedia de la película que no es la enfermedad ni la ruptura sino la imposibilidad de compartir la misma experiencia del tiempo
El ritmo de la película es coherente con esa idea Coixet renuncia a cualquier impulso narrativo clásico no hay progresión dramática evidente no hay acumulación de tensión en términos convencionales Lo que hay es una inmersión lenta casi hipnótica en un estado emocional que se va densificando sin necesidad de artificio Cada escena parece prolongar la anterior no para avanzar sino para profundizar El tiempo no se acelera se espesa y esa decisión es la que convierte la película en algo exigente pero también profundamente envolvente porque obliga al espectador a permanecer a no escapar a aceptar que lo importante no es lo que pasa sino lo que se siente mientras pasa
La trama es apenas un esqueleto una separación una enfermedad un proceso pero la película no está interesada en narrar esos hechos está interesada en transformar la mirada a través de ellos La enfermedad no funciona como detonante dramático sino como punto de inflexión perceptivo A partir de ese momento el mundo cambia no objetivamente sino sensorialmente La comida deja de ser hábito y se convierte en experiencia la música deja de ser fondo y se convierte en presencia el deseo deja de ser rutina y se convierte en urgencia vital Coixet construye aquí una de las paradojas más potentes del film cuanto más cerca está el final más intensa se vuelve la vida Y esa intensidad no es luminosa es incómoda es excesiva es imposible de sostener durante mucho tiempo porque implica estar completamente presente
El guion se mueve en esa misma línea rehuyendo cualquier estructura cerrada cualquier necesidad de orden La vida cuando se fractura no se organiza se descompone y la película asume ese caos sin intentar domesticarlo Hay zonas de silencio hay fragmentos que parecen no conducir a nada hay momentos en los que el relato se diluye pero precisamente en esa disolución aparece la verdad no en lo que se explica sino en lo que se escapa
La fotografía de Guido Michelotti no construye imágenes construye estados Roma no es un escenario es una extensión emocional de los personajes una ciudad que respira con ellos que se desgasta con ellos que se ilumina y se apaga con ellos La luz es cálida pero engañosa cuanto más bella más evidente se vuelve la fragilidad Hay una sensación constante de tránsito de algo que está a punto de desaparecer Los interiores están filmados con una cercanía casi física donde cada objeto adquiere una presencia nueva un plato una mesa una sombra todo parece contener algo más de lo que muestra La imagen no busca imponerse busca quedarse y lo hace desde una elegancia silenciosa que transforma lo cotidiano en algo profundamente significativo
La música de Alfonso de Vilallonga se instala en la película como una respiración invisible no acompaña la emoción la activa desde dentro No hay subrayado no hay manipulación hay una presencia sutil que aparece cuando la palabra ya no puede sostener lo que ocurre Su función no es guiar al espectador sino abrir un espacio emocional donde lo que se está viviendo pueda resonar En ese sentido la música se convierte en una extensión del propio cuerpo de Marta en una forma de percepción que no pasa por la razón sino por la experiencia directa No se recuerda como melodía se recuerda como sensación como algo que ha pasado por dentro sin dejar una forma clara
La relación con otras películas del género sitúa a Tres adioses (2025) en un territorio muy específico lejos del melodrama tradicional más cerca de un cine que utiliza la conciencia de la muerte como herramienta de lucidez Como en Amor (2012) o Ikiru (1952) el final no se plantea como cierre sino como revelación pero Coixet introduce una diferencia esencial aquí no hay redención no hay legado no hay gesto final que dé sentido a todo lo vivido Lo que hay es una aceptación incómoda de la imperfección de lo incompleto de lo que no se resuelve
Y es ahí donde la película alcanza su verdadera profundidad porque lo que plantea no es cómo enfrentarse al final sino cómo habitar el presente cuando sabes que el final existe No hay respuestas no hay consuelo hay una toma de conciencia que atraviesa al espectador y lo deja en un lugar incómodo pero necesario la evidencia de que vivimos como si el tiempo fuese infinito cuando en realidad es lo único que no lo es
Tres adioses (2025) no es una película que se vea es una película que se experimenta que se queda que incomoda que obliga a detenerse porque lo que deja no es una historia es una sensación la de haber estado demasiado cerca de algo que normalmente evitamos mirar La película no habla de la muerte habla de la vida de esa vida que se nos escapa mientras creemos que todavía queda tiempo
Y en esa idea en esa incomodidad en esa lucidez radical reside su fuerza porque Coixet no quiere que entendamos la película quiere que la sintamos quiere que salgamos con una pregunta que no se resuelve fácilmente qué estamos haciendo con el tiempo que tenemos y por qué seguimos viviendo como si no fuese a acabarse nunca
Xabier Garzarain

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