“La perra”: y el océano de las heridas invisibles.

La trayectoria cinematográfica de Dominga Sotomayor lleva más de una década construyendo uno de los universos emocionales más delicados y devastadores del cine latinoamericano contemporáneo. Desde sus primeros trabajos ya existía en su mirada una obsesión muy concreta por los vínculos familiares rotos los espacios suspendidos en el tiempo y los personajes atrapados entre el deseo de avanzar y la imposibilidad emocional de dejar atrás el pasado. Con De jueves a domingo (2012) sorprendió al mundo filmando la descomposición silenciosa de una familia durante un viaje aparentemente cotidiano utilizando la mirada infantil para capturar aquello que los adultos callaban constantemente. Aquella película ya revelaba una sensibilidad extraordinaria para convertir los silencios en tensión emocional pura. Más tarde con Mar (2015) profundizó todavía más en las relaciones sentimentales desgastadas mostrando personajes incapaces de comunicarse incluso cuando compartían el mismo espacio físico. Pero fue con Tarde para morir joven (2018) donde Dominga Sotomayor alcanzó reconocimiento internacional definitivo construyendo una de las películas más bellas y melancólicas sobre el final de la adolescencia y la pérdida de la inocencia en el Chile de los años noventa. Su cine siempre ha hablado de personas que viven emocionalmente desplazadas incapaces de encontrar un lugar estable dentro del mundo.


Recién presentada en Cannes dentro de la Quincena de Cineastas La perra supone un paso todavía más maduro y devastador dentro de su filmografía. Aquí ya no queda apenas espacio para la nostalgia luminosa que aparecía en algunas de sus obras anteriores. Todo está dominado por una tristeza húmeda silenciosa y profundamente física. Adaptando libremente la novela de Pilar Quintana Dominga Sotomayor transforma la historia original en una experiencia profundamente chilena marcada por el viento el océano y la sensación constante de aislamiento emocional. La directora vuelve a demostrar algo que muy pocos cineastas contemporáneos poseen. La capacidad de filmar aquello que no puede explicarse fácilmente con palabras. Sus películas nunca parecen construidas desde el guion convencional sino desde recuerdos emociones atmósferas y heridas invisibles. Y precisamente por eso La perra termina convirtiéndose probablemente en la obra más madura más dolorosa y más poderosa de toda su carrera.



La interpretación de Manuela Oyarzún es sencillamente descomunal. Su Silvia parece una mujer consumida lentamente por la isla y por los recuerdos. Hay críticos que han hablado de un personaje que lleva el abandono tatuado en la piel y la definición resulta perfecta. Oyarzún compone una actuación contenida casi mineral donde cada mirada contiene años de rabia tristeza y resignación acumuladas. Cuando aparece Yuri la pequeña perra rescatada del mar el rostro de Silvia cambia ligeramente como si por primera vez en muchísimo tiempo algo volviera a iluminarla desde dentro. La actriz consigue transmitir ternura miedo dependencia emocional y violencia contenida sin necesidad de grandes escenas dramáticas. Todo sucede en pequeños gestos mínimos silencios respiraciones. Frente a ella David Gaete interpreta a Mario desde una masculinidad agotada y silenciosa mientras Selton Mello aporta una presencia melancólica y fantasmal que parece atravesar la película como un recuerdo imposible de retener.


El ritmo de La perra puede desconcertar a quienes buscan un drama convencional pero precisamente ahí reside una de sus mayores virtudes. Dominga Sotomayor obliga al espectador a habitar el tiempo emocional de la isla. Hay críticos que han definido la película como una experiencia hipnótica donde aparentemente no sucede nada mientras emocionalmente sucede todo. Cada caminata cada jornada recogiendo algas cada pausa frente al océano construye lentamente un estado emocional asfixiante. La película no quiere impresionar mediante golpes de efecto sino mediante acumulación de vacío. Y lo consigue de manera extraordinaria. Poco a poco el espectador termina atrapado dentro de la misma sensación de aislamiento que consume a Silvia.


La trama parte de una sencillez engañosa. Una mujer solitaria adopta una cachorra encontrada en el mar. Pero Sotomayor convierte esa premisa mínima en una reflexión inmensa sobre el abandono y las heridas heredadas. Algunos medios han hablado de una película sobre la ausencia sin melodrama y probablemente esa sea la definición más precisa posible. Porque La perra nunca manipula emocionalmente al espectador. Nunca busca la lágrima fácil. Todo lo contrario. Observa el dolor con una distancia casi cruel dejando que cada espectador complete los silencios con sus propias heridas personales. Cuando Yuri desaparece la película se convierte poco a poco en otra cosa mucho más oscura. Los recuerdos del pasado emergen y comprendemos que Silvia vive atrapada dentro de una cadena de pérdidas antiguas que jamás pudo superar.


El guion escrito junto a Inés Bortagaray posee una inteligencia emocional admirable. Hay frases críticas que hablan de una película que convierte la naturaleza en extensión del trauma humano y eso es exactamente lo que ocurre aquí. El mar el viento las tormentas y la humedad permanente parecen formar parte del estado psicológico de Silvia. La isla no funciona como un decorado sino como una prisión emocional donde cada rincón contiene ecos de abandono y memoria. Dominga Sotomayor comprende perfectamente que algunos lugares pueden devorar lentamente a quienes viven en ellos.


La fotografía de Simone D Arcangelo es una de las más impresionantes vistas este año en Cannes. Cada plano parece suspendido entre la belleza y la tristeza. Algunos periodistas han hablado de imágenes que jamás convierten el paisaje en postal turística y tienen razón. La cámara captura la dureza física de la isla chilena pero también su extraña dimensión espiritual. Hay planos donde el océano parece infinito y amenazante al mismo tiempo. Otros donde la niebla convierte los cuerpos en fantasmas. La película posee una textura visual húmeda fría y melancólica que termina impregnando emocionalmente al espectador.


El atrezo y la dirección artística alcanzan un nivel extraordinario de naturalismo. La casa de Silvia y Mario transmite desgaste emocional en cada objeto. Las paredes las ropas las herramientas de pesca el hormigón húmedo de la gigantesca estructura que Silvia limpia obsesivamente todo parece cargado de memoria y deterioro. Especialmente fascinante resulta ese enorme edificio vacío que Silvia cuida con devoción casi religiosa. Como si estuviera preservando un mausoleo dedicado a todas las ausencias de su vida.


La música de Clint Mansell aparece de forma mínima pero profundamente emocional. Su presencia nunca invade la película sino que acompaña discretamente el vacío interior de los personajes. Pero el verdadero trabajo sonoro está en el viento el mar las pisadas sobre la arena y los silencios interminables que Dominga Sotomayor utiliza con una precisión extraordinaria. Hay momentos donde el sonido del océano parece más importante que cualquier diálogo.


Resulta inevitable relacionar La perra con el cine de Lucrecia Martel por esa manera de transformar el espacio físico en una tensión emocional permanente. También aparecen ecos de Wendy and Lucy (2008) de Kelly Reichardt por esa conexión desesperada entre una mujer aislada y un animal convertido en último refugio afectivo posible. Incluso podría recordar por momentos a Stromboli (1950) de Roberto Rossellini donde la isla también terminaba convirtiéndose en cárcel emocional. Pero hay otra referencia emocional y espiritual que sobrevuela constantemente la película. Rompiendo las olas (1996) de Lars von Trier. No tanto por la trama sino por esa sensación de mujeres consumidas lentamente por el amor la ausencia y el aislamiento frente a un océano que parece absorber cada herida emocional. Si Lars von Trier convertía el mar en un espacio de sacrificio espiritual Dominga Sotomayor transforma el océano de La perra en un cementerio emocional lleno de abandonos silenciosos. Ambas películas comparten además esa capacidad de convertir el paisaje húmedo el viento y la naturaleza salvaje en una extensión física del dolor interior de sus protagonistas. Pero mientras Von Trier filmaba el sufrimiento desde el desgarro emocional más extremo Sotomayor opta por la contención absoluta construyendo una tristeza mucho más silenciosa pero igual de devastadora. La perra posee una identidad profundamente propia. Algunos críticos han hablado de una obra austera y abrasadora al mismo tiempo y pocas definiciones describen mejor la experiencia de verla.


Lo más poderoso de La perra es lo que Dominga Sotomayor quiere transmitir realmente bajo la superficie de la historia. La película habla de cómo el abandono puede deformar completamente la forma de amar. Habla de personas heridas durante la infancia que terminan viviendo toda su vida con miedo a perder cualquier cosa que amen. Silvia no solo teme quedarse sola. Silvia ya vive sola emocionalmente desde hace muchísimo tiempo. Yuri representa quizá la última oportunidad de conectar afectivamente con algo puro y precisamente por eso su desaparición resulta insoportable.


La directora chilena construye una película profundamente triste pero también profundamente humana. Una película que entiende que algunas heridas nunca desaparecen del todo y que muchas personas sobreviven durante años fingiendo normalidad mientras emocionalmente continúan atrapadas en el instante exacto donde fueron abandonadas por primera vez.


Cuando termina La perra queda una sensación devastadora y hermosa al mismo tiempo. Como si el océano de la película siguiera golpeando lentamente por dentro mucho después de salir del cine. Y ahí reside la grandeza del cine de Dominga Sotomayor. En su capacidad para filmar aquello que casi nunca puede explicarse con palabras. La soledad el miedo el vacío y la necesidad desesperada de ser querido antes de que sea demasiado tarde.


Xabier Garzarain

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