Sacamantecas: Cuando el verdadero horror es mirar hacia otro lado.

David Pérez Sañudo ha construido una filmografía donde los grandes conflictos sociales se esconden detrás de historias profundamente humanas. Con Ane (2020) exploró las difíciles relaciones entre una madre y su hija en una Euskadi marcada por las tensiones políticas y obtuvo tres premios Goya que confirmaron su enorme talento. Posteriormente con Los últimos románticos (2024) volvió a demostrar su sensibilidad hacia los personajes solitarios y vulnerables. Ahora cambia de registro con Sacamantecas (2026) y se adentra en uno de los episodios más escalofriantes de la historia criminal española. Pero el cineasta bilbaíno no pretende ofrecernos únicamente la historia de un asesino. Su verdadera intención es mucho más inquietante. Descubrir cómo una sociedad puede acostumbrarse al horror hasta dejar de reconocer el sufrimiento de sus propias víctimas.


Presentada en la 74 edición del Festival Internacional de Cine de San Sebastián dentro de las Proyecciones Especiales de la Sección Oficial fuera de concurso. Sacamantecas recupera la historia real de Juan Díaz de Garayo y nos transporta a la Álava de los últimos años de la Tercera Guerra Carlista. La violencia ha convertido la muerte en una presencia cotidiana y las autoridades parecen incapaces de atender las necesidades de una población castigada por el conflicto. Mientras la guerra continúa aparecen los cadáveres de varias mujeres estranguladas en los alrededores de Vitoria. El miedo se extiende por los caminos y los pueblos mientras la investigación avanza con una lentitud desesperante. Hasta que Ángela Berrosteguieta regresa tras conocer el asesinato de su hermana y decide enfrentarse a quienes parecen más interesados en evitar un escándalo que en descubrir la verdad.


Patricia López Arnaiz ofrece una interpretación magnífica y convierte a Ángela en el verdadero corazón emocional de la película. Su personaje no es una heroína convencional sino una mujer destrozada por la pérdida que encuentra en su dolor una fuerza inesperada. La actriz transmite mediante miradas y silencios una mezcla de rabia y fragilidad que resulta profundamente conmovedora. Cada enfrentamiento con las autoridades revela el desprecio que una sociedad dominada por los hombres muestra hacia una mujer que se atreve a cuestionar sus decisiones. Su determinación nos recuerda que la justicia no siempre comienza en los tribunales. A veces nace de alguien que se niega a aceptar que una persona querida desaparezca sin que nadie responda por ello.


Frente a ella encontramos a un extraordinario Antonio de la Torre que interpreta a Juan Díaz de Garayo sin recurrir a los excesos habituales del cine sobre asesinos en serie. Su personaje no posee el refinamiento de Hannibal Lecter ni la inteligencia calculadora de los criminales cinematográficos más célebres. Es un campesino analfabeto cuya apariencia corriente esconde una brutalidad aterradora. De la Torre construye una presencia inquietante a través de su gestualidad y de una mirada donde parece haberse extinguido cualquier forma de empatía. Lo verdaderamente perturbador es comprender que el monstruo no procede de un universo fantástico. Vive entre las mismas personas que terminarán convirtiéndose en sus víctimas.


Josean Bengoetxea aporta solidez como Pío Pinedo y representa las contradicciones de unas instituciones atrapadas entre sus obligaciones y las limitaciones impuestas por la guerra. Eneko Sagardoy y Haizea Carneros completan un reparto que consigue transmitir la tensión de una sociedad marcada por la pobreza y las desigualdades. Pérez Sañudo dirige a sus intérpretes con una contención que evita convertir los acontecimientos en una sucesión de escenas efectistas. Prefiere que el miedo aparezca lentamente y que el espectador descubra hasta qué punto la indiferencia puede resultar tan perturbadora como la propia violencia.


El ritmo responde a esa intención. Sacamantecas no busca convertirse en un thriller frenético donde cada secuencia introduce una nueva persecución o una revelación espectacular. Su tensión nace de la impotencia que sentimos al comprobar cómo las señales de alarma se acumulan mientras las autoridades parecen incapaces de reaccionar. El guion de David Pérez Sañudo y Sergio Granda encuentra su mayor acierto al desplazar el protagonismo desde el asesino hacia las víctimas. Aunque algunos pasajes históricos ralentizan la narración y determinados personajes secundarios merecían un mayor desarrollo. La película mantiene una atmósfera de inquietud que consigue transformar la investigación en una reflexión sobre la responsabilidad colectiva.


La fotografía de Kenneth Oribe convierte los paisajes alaveses en escenarios de una belleza tan extraordinaria como amenazadora. Los caminos rurales y los campos abiertos aparecen envueltos en tonalidades apagadas que reflejan el desgaste de una sociedad castigada por la guerra. La naturaleza parece permanecer indiferente ante la brutalidad humana y esa contradicción produce algunas de las imágenes más inquietantes del relato. La dirección artística y el vestuario recrean con gran detalle la segunda mitad del siglo XIX. Los uniformes y las viviendas y los objetos cotidianos permiten comprender las enormes diferencias sociales de una época donde la pobreza determinaba incluso las posibilidades de obtener justicia.


El rodaje comenzó en octubre de 2024 y se desarrolló en numerosas localizaciones de Álava y Burgos. El equipo recuperó espacios históricos de Vitoria-Gasteiz y trabajó en localidades como Agurain y Amurrio y Elciego. La búsqueda de escenarios adecuados obligó a recorrer centenares de kilómetros y permitió localizar incluso pueblos abandonados que conservaban la apariencia necesaria para reconstruir determinados ambientes. La apuesta por localizaciones reales aporta una autenticidad visual especialmente valiosa. La música de Beatriz López-Nogales acompaña la tensión sin olvidar la dimensión emocional de una historia donde el silencio puede resultar tan amenazador como cualquier sonido.


Las comparaciones con otros grandes thrillers resultan inevitables. Zodiac (2007) de David Fincher comparte su interés por las dificultades de una investigación criminal. Memories of Murder (2003) de Bong Joon-ho también utilizaba una serie de asesinatos para denunciar las limitaciones de las instituciones y las contradicciones de una sociedad marcada por la violencia política. Pero Sacamantecas encuentra una conexión especialmente poderosa con La noche del 12 (2022) de Dominik Moll por su reflexión sobre la violencia ejercida contra las mujeres y la facilidad con la que sus muertes pueden quedar atrapadas entre prejuicios y procedimientos burocráticos. Pérez Sañudo participa de esa tradición cinematográfica pero introduce una dimensión histórica profundamente vinculada a nuestro territorio.


La película adquiere su verdadero significado cuando comprendemos que Juan Díaz de Garayo terminó convertido en una leyenda popular mientras los nombres de muchas de sus víctimas desaparecieron progresivamente de la memoria colectiva. Durante generaciones el Sacamantecas representó una figura capaz de despertar el miedo y alimentar historias terribles. Pero detrás de aquel apodo existieron mujeres reales con familias y sueños y vidas que fueron interrumpidas brutalmente. Pérez Sañudo parece preguntarnos por qué recordamos con tanta facilidad a los asesinos mientras olvidamos a quienes sufrieron sus crímenes. Y encuentra una respuesta profundamente humana al situar a Ángela en el centro del relato.


Su lucha representa algo más que el deseo de encontrar al culpable. Es una rebelión contra una sociedad que considera determinadas vidas menos importantes que otras. Mientras los hombres combaten en una guerra que ocupa todas las preocupaciones políticas. Las mujeres continúan enfrentándose a una violencia que parece despertar una atención secundaria. La película nos recuerda que la verdadera civilización no se mide únicamente por sus avances materiales ni por la autoridad de sus instituciones. También depende de la protección que ofrece a quienes tienen menos posibilidades de defenderse.


Y ahí reside la dimensión más contemporánea de Sacamantecas. Aunque los acontecimientos pertenecen al siglo XIX reconocemos comportamientos que continúan presentes en nuestras sociedades. La tendencia a desconfiar de las víctimas y la dificultad de las instituciones para reconocer sus errores y la facilidad con la que el sufrimiento ajeno desaparece de nuestra atención. El progreso tecnológico ha transformado nuestras vidas pero no siempre ha conseguido transformar con la misma rapidez nuestra sensibilidad hacia quienes necesitan ayuda.


David Pérez Sañudo convierte así un episodio de la historia criminal alavesa en una reflexión sobre la memoria y la justicia y la responsabilidad colectiva. La película no está exenta de irregularidades narrativas pero encuentra en Patricia López Arnaiz y Antonio de la Torre dos interpretaciones extraordinarias y en su reconstrucción histórica una poderosa identidad visual. Su mayor virtud consiste en comprender que el verdadero horror no siempre procede de quien comete una atrocidad. También puede encontrarse en quienes conocen el sufrimiento y deciden no intervenir.


Pero lo más conmovedor de Sacamantecas aparece cuando dejamos de pensar en el asesino y comenzamos a recordar a las mujeres que perdieron la vida. Ninguna de ellas nació para convertirse en una víctima ni para ocupar unas líneas dentro de la biografía de un criminal célebre. Todas tuvieron una existencia anterior a la tragedia y personas que las amaron y sueños que nunca pudieron cumplir. El tiempo convirtió a Garayo en una leyenda mientras muchas de aquellas historias quedaron sepultadas bajo el silencio. La película intenta devolverles una parte de la dignidad que la violencia les arrebató y recordarnos que ninguna vida debería quedar definida exclusivamente por las circunstancias de su muerte.


Angela representa precisamente esa resistencia frente al olvido. Sabe que ninguna investigación podrá devolverle a su hermana y que ninguna sentencia conseguirá reparar completamente su ausencia. Pero también comprende que existe una diferencia inmensa entre aceptar una pérdida y permitir que una persona desaparezca de la memoria. Su determinación transforma el duelo en una forma de amor y demuestra que incluso quienes parecen carecer de poder pueden desafiar la indiferencia de toda una sociedad.


Quizá por eso la imagen más poderosa que permanece después de abandonar la sala no sea la de Juan Díaz de Garayo ni la brutalidad de sus asesinatos. Es la de una mujer que continúa luchando cuando todos parecen haber perdido el interés. Una mujer que se niega a aceptar que el silencio tenga la última palabra y que encuentra en el recuerdo de su hermana la fuerza necesaria para enfrentarse a un mundo construido para ignorarla.


Sacamantecas nos recuerda finalmente que la justicia no comienza cuando conseguimos castigar a un culpable sino cuando reconocemos que todas las vidas merecen ser protegidas. Que la verdadera medida de una sociedad no está únicamente en sus avances ni en sus leyes sino en su capacidad para escuchar a quienes sufren. Y que el cine puede recuperar las páginas más oscuras de nuestra historia para encontrar en ellas una enseñanza profundamente luminosa.


Porque los monstruos pueden convertirse en leyendas y sus nombres permanecer durante generaciones. Pero quienes realmente merecen ocupar un lugar en nuestra memoria son las personas cuyas vidas destruyeron y quienes tuvieron el valor de luchar para que nunca fueran olvidadas. Y si algo consigue David Pérez Sañudo con Sacamantecas es recordarnos que frente a la violencia siempre debe existir justicia y que frente al silencio siempre debe permanecer la dignidad. Porque mientras alguien conserve la valentía de recordar a quienes ya no pueden defenderse el horror jamás conseguirá tener la última palabra.


Xabier Garzarain 

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