Los miserables: La grandeza de una vida que aprende a cuidar.
Hay hombres que salen de la cárcel y siguen viviendo entre sus muros. Jean Valjean lleva esos muros en el cuerpo. También en la dificultad de creer que alguien pueda acercarse a él sin exigirle nada. Fred Cavayé encuentra en esa desconfianza una puerta de entrada a Los miserables. Antes de las barricadas y de los grandes enfrentamientos está la historia de un ser humano al que han enseñado a defenderse de todo. Incluso de la bondad. Desde ahí cobra sentido la trayectoria de un director que ha construido buena parte de su cine alrededor de personas obligadas a actuar cuando las instituciones dejan de ofrecerles una salida.
La elección de Vincent Lindon resulta decisiva para sostener ese desplazamiento. Su presencia permite pensar a Valjean desde el peso de lo vivido. Hay algo profundamente adecuado en un actor cuyo rostro parece resistirse a cualquier idealización. Su protagonista puede inspirar confianza sin desprenderse de la dureza. Puede proteger sin convertirse en una figura inofensiva. Esa convivencia da espesor al personaje. La bondad adquiere valor porque debe abrirse camino dentro de alguien que tiene razones para haber dejado de creer en los demás.
El mayor interés de Valjean reside en que su transformación nunca debería confundirse con una limpieza del pasado. Haber sufrido no vuelve automáticamente mejor a nadie. A veces endurece. A veces enseña a reproducir el daño. Por eso su recorrido conmueve cuando se entiende como una elección sostenida. Cada persona a la que ayuda representa una ocasión de interrumpir aquello que hicieron con él. Lindon ofrece una presencia especialmente fértil para esa lectura. El hombre capaz de cargar con otros sigue necesitando aprender a soportarse a sí mismo.
Frente a él está el Javert de Tahar Rahim. La adaptación desarrolla sus orígenes para explorar una posibilidad perturbadora. Su persecución de Valjean puede leerse como una guerra contra la procedencia que desea borrar de sí mismo. Cavayé ha explicado que encontró el impulso para esta interpretación en las breves referencias de Hugo a su nacimiento entre personas castigadas por la ley. Desde esa perspectiva el uniforme se convierte en un refugio. Javert necesita una frontera nítida entre inocentes y culpables porque admitir la complejidad amenaza la identidad que ha construido.
Ahí se encuentra el verdadero duelo de la película. Valjean y Javert representan dos respuestas al desamparo. Uno empieza a reconocer su antigua vulnerabilidad en quienes necesitan ayuda. El otro intenta extirparla mediante la obediencia. La diferencia entre ambos supera la oposición entre un perseguido y un perseguidor. Afecta a la manera de mirar. Para Valjean una persona puede llegar a ser distinta de aquello que hizo. Para Javert aceptar esa posibilidad supondría descubrir que ha dedicado su existencia a una certeza insuficiente.
Noémie Merlant interpreta a Fantine dentro de una historia que exige evitar la comodidad de la víctima abstracta. Su tragedia adquiere verdadero alcance cuando recordamos que esa mujer tenía una vida antes de convertirse en un caso de miseria. Tenía deseos. Tenía un porvenir imaginable. La violencia que la destruye consiste en ir reduciendo sus posibilidades hasta que la supervivencia ocupa todo el espacio. Leer así al personaje permite comprender la dimensión política del melodrama. El sufrimiento tiene causas. Cada puerta cerrada contribuye a producirlo.
Camille Cottin y Benjamin Lavernhe encarnan a los Thénardier. Su función resulta más incómoda de lo que permite su apariencia grotesca. Son figuras que explotan la debilidad ajena porque han aprendido a reconocer en ella una oportunidad. La crueldad se vuelve una pequeña actividad cotidiana. Cosette puede ser una carga rentable. Fantine puede ser exprimida desde la distancia. Bajo esa lógica cualquier vínculo termina convertido en una transacción. Frente a ellos la promesa de Valjean adquiere una fuerza concreta. Cuidar significa asumir una responsabilidad que no necesita beneficio.
Megan Northam como Cosette y Vassili Schneider como Marius introducen la posibilidad de un futuro que Valjean apenas se atreve a reclamar para sí. Su relación permite abrir otra pregunta. Qué ocurre cuando la persona a la que hemos protegido empieza a necesitar una vida fuera de nuestra protección. En esa tensión la paternidad encuentra una dimensión menos solemne y más humana. Amar también exige aceptar que alguien pueda continuar sin nosotros.
La trama organiza estos destinos alrededor de una persecución que atraviesa los años. La condena de Valjean y su búsqueda de una nueva identidad conducen al encuentro con Fantine. La promesa hecha a una madre enlaza después con la infancia de Cosette. El crecimiento de esa niña termina cruzándose con una juventud que reclama otro orden social. Lo privado desemboca en lo colectivo. Las barricadas pertenecen al mismo mundo que ha castigado el hambre y que ha convertido la pobreza en una sospecha permanente.
El guion de Cavayé apuesta por hacer legible esa extensa red de acontecimientos. Su principal virtud es ofrecer un itinerario accesible dentro de una materia narrativa inmensa. Su riesgo consiste en que la claridad pueda convertirse en simplificación. Una adaptación de casi tres horas también puede parecer apresurada cuando debe atravesar tantas vidas. La duración y la profundidad no son equivalentes. Hay episodios que necesitan avanzar. Hay heridas que necesitan tiempo para adquirir toda su resonancia.
Ese es el límite más discutible de la propuesta. El impulso de mantener la narración en movimiento puede restar espacio a las contradicciones secundarias y a la densidad social de Hugo. La persecución ofrece una columna vertebral eficaz. Sin embargo la novela también vive en aquello que interrumpe el camino principal. En las vidas laterales. En las explicaciones incómodas. En la insistencia con que obliga a mirar a quienes una aventura más convencional dejaría al fondo. El clasicismo de esta versión aporta solidez aunque también contiene parte de su capacidad de sorprender.
Con todo resulta coherente que Cavayé busque la emoción a través del movimiento. Su sensibilidad se acerca al relato de supervivencia y al enfrentamiento moral del western. El propio director ha reconocido su admiración por Sergio Leone y por películas como Open Range y Hostiles. Esa afinidad ayuda a entender su aproximación. Los personajes recorren un territorio donde la ley y la justicia pueden separarse. La violencia obliga a tomar partido. El adversario pone a prueba las convicciones del protagonista. La cuestión decisiva termina siendo qué hacer con el poder que se tiene sobre otra vida.
El trabajo de preparación de los actores ofrece un detalle revelador. Lavernhe llegó a las lecturas con una extensa parte de la novela anotada. Cottin recurrió también a una edición abreviada que leía en voz alta a su hija. Merlant encontró alimento para Fantine en los pasajes y en las palabras de su personaje. Son maneras distintas de aproximarse a un texto que necesita convertirse en conducta. El desafío consiste en conseguir que figuras tan conocidas vuelvan a parecer personas capaces de actuar de una manera que todavía nos afecte.
La fotografía de Denis Rouden busca combinar amplitud y proximidad. El empleo de la cámara digital ALEXA 265 permitió trabajar con un sensor de gran formato manteniendo la movilidad necesaria para seguir a los intérpretes. La propuesta cromática combina tonos cálidos en los rostros con matices fríos en las sombras. Esta elección puede leerse como una tensión entre la presencia humana y un entorno que la amenaza. La escala del espectáculo encuentra así su justificación cuando permite conservar a la persona dentro de la multitud.
Los decorados de Pierre Quefféléan participan de esa relación entre los cuerpos y el espacio. La recreación histórica tiene una responsabilidad que va más allá de resultar convincente. Debe hacer comprensible quién puede habitar un lugar con tranquilidad y quién vive expuesto. Una puerta puede significar cobijo. También exclusión. Una habitación puede proteger una intimidad o encerrar una dependencia. El atrezo alcanza su mayor sentido cuando los objetos dejan de ser ilustraciones del pasado y revelan una desigualdad.
En el universo de Los miserables el pan y la plata poseen una extraordinaria carga moral. El primero remite a una necesidad elemental castigada. La segunda permite pensar en la posibilidad de recibir algo sin quedar reducido a una deuda humillante. La materia cotidiana concentra preguntas que ningún discurso necesita explicar por completo. Cuánto vale una propiedad. Cuánto vale una vida. Qué estamos dispuestos a defender con más firmeza.
La construcción de las barricadas en Burdeos resume la dimensión física del proyecto. El rodaje reunió a decenas de especialistas y figurantes bajo un calor que llegó a los cuarenta grados. El equipo ajustó los horarios para aprovechar la sombra de una iglesia. Ese trabajo permite recordar que la épica también se fabrica con cuerpos fatigados y con decisiones prácticas. La barricada resulta además una imagen especialmente poderosa porque convierte los elementos de una ciudad en una tentativa de transformación. Lo que servía para vivir pasa a servir para resistir.
La música de Christophe Julien pertenece a una adaptación que confía en la narración dramática en lugar de organizarse como el musical llevado al cine por Tom Hooper. Ese cambio desplaza el centro de la emoción. La voz ya no dispone del mismo espacio para detener la historia y declarar un sentimiento. La partitura debe convivir con el peso del diálogo y de la acción. El criterio más exigente para valorarla está en esa convivencia. La emoción alcanza mayor profundidad cuando el acompañamiento permite escuchar también aquello que los personajes no consiguen decir.
Dentro de la tradición de adaptaciones de Hugo esta versión dialoga con una larga memoria de rostros y estilos. También participa del renovado interés del cine francés por el gran relato literario. Su recorrido incluye la competición oficial del Zinemaldi y selecciones en el Festival de Zúrich y en el FEST de Belgrado. Unifrance registra además su selección en la Festa do Cinema Francês de Portugal. Esa circulación sitúa la película entre la ambición popular y la presentación internacional de un patrimonio literario que sigue encontrando espectadores.
Pero su razón de ser se juega en algo más profundo que la recuperación de un clásico. La lectura más fecunda de Los miserables nace de una pregunta que atraviesa todas sus relaciones. Cuánto daño produce una sociedad cuando decide que alguien ya no merece ninguna oportunidad. Valjean puede cambiar porque una persona se atreve a tratarlo de una manera distinta. Ese gesto contiene una confianza arriesgada. Reconoce un futuro allí donde los demás solo ven antecedentes.
Desde esta perspectiva la compasión adquiere una exigencia enorme. Implica renunciar a la tranquilidad de clasificar a los seres humanos de una vez para siempre. Obliga a mirar las circunstancias sin borrar la responsabilidad. Exige aceptar que comprender lleva más trabajo que condenar. La persecución de Javert resulta entonces especialmente dolorosa porque intenta cerrar una vida que permanece abierta. Necesita que Valjean continúe siendo el hombre al que puede detener. Todo lo que desmienta esa imagen amenaza el sentido de su misión.
La película también invita a desconfiar de una idea demasiado cómoda de la redención. Valjean no puede devolver a Fantine aquello que le han arrebatado. Tampoco puede hacer desaparecer la infancia sufrida por Cosette. La reparación tiene límites. Esa imposibilidad concede mayor valor a sus actos. Ayudar no requiere la promesa de arreglarlo todo. Requiere asumir que el sufrimiento de otra persona nos concierne aunque lleguemos tarde y aunque lo que podamos ofrecer sea insuficiente.
Ahí encuentro la fuerza más duradera de esta adaptación. Su defensa de la bondad cobra sentido en un mundo que proporciona razones constantes para desconfiar de ella. Valjean debe aprender a ejercerla sin garantías. Debe proteger sin controlar por completo el porvenir. Debe aceptar que una acción justa puede permanecer oculta. Ese desprendimiento resulta más difícil que cualquier demostración de fuerza porque obliga a abandonar el deseo de recibir una recompensa moral.
Los miserables merece una valoración profundamente positiva por su capacidad para devolver estas preguntas a un cine de gran alcance. Su voluntad de llegar a muchos espectadores tiene valor cuando consigue que una historia conocida vuelva a interpelarnos. Sus simplificaciones no anulan la nobleza del empeño. Su clasicismo puede limitar la sorpresa formal pero también ofrece un cauce firme para una emoción que nace de responsabilidades reconocibles. El cuidado de una niña. La palabra dada a una madre. La decisión de frenar una crueldad. La posibilidad de reconocer humanidad en alguien a quien nos han enseñado a despreciar.
Los miserables alcanza su mayor grandeza cuando convierte la bondad en una decisión que cuesta. Valjean tiene motivos para desconfiar de todos. Ha conocido el castigo desproporcionado y la humillación de seguir siendo culpable después de haber cumplido su condena. Sin embargo aprende a ofrecer aquello que durante tanto tiempo le fue negado. Esa transformación sostiene la emoción más profunda de la película. Cada vez que protege a alguien pone su propia experiencia al servicio de una vida que todavía puede ser distinta. Su pasado conserva las heridas pero empieza a producir algo más que dolor.
En esa capacidad de transformar lo recibido encuentro el corazón de la propuesta de Cavayé. La dignidad de Valjean crece a través de sus actos. Está en la promesa que decide cumplir cuando nadie podría obligarlo. Está en la responsabilidad que acepta sin saber hasta dónde lo llevará. Está en el esfuerzo de cuidar a Cosette mientras aprende que quererla también significa permitirle un futuro que ya no gire alrededor de él. La película concede a esos gestos una dimensión épica porque comprende cuánto valor hace falta para sostenerlos. Hay una forma de heroísmo que consiste en hacerse responsable de la felicidad ajena sin reclamar su propiedad.
Por eso el vínculo entre Valjean y Cosette deja una huella tan honda. Para una niña que ha aprendido a temer la llegada de los adultos la protección significa descubrir otra manera de estar en el mundo. Significa que una mano puede acercarse para ayudar. Que una casa puede ofrecer descanso. Que equivocarse no tiene por qué desencadenar un castigo. El amor empieza en esas certezas elementales. La película permite reconocer la inmensidad que pueden contener las cosas más sencillas cuando alguien ha crecido sin ellas. Dar seguridad a una persona es devolverle parte de la libertad que el miedo le había arrebatado.
Esa misma sensibilidad impide que Fantine desaparezca cuando su historia deja de ocupar el centro del relato. Su ausencia permanece dentro de la promesa de Valjean. La vida que Cosette consigue construir conserva la memoria de una madre a la que apenas se permitió vivir. Ahí hay una idea de enorme belleza. Nuestros actos pueden dar continuidad a los deseos que otras personas no pudieron cumplir. Cuidar a alguien también puede ser una manera de escuchar a quien ya no tiene voz. La reparación nunca alcanza a borrar lo sucedido pero puede impedir que la injusticia tenga la última palabra sobre quienes sobreviven.
El enfrentamiento con Javert amplía esa emoción hasta convertirla en una pregunta sobre nuestra manera de juzgar. Valjean necesita que alguien sea capaz de reconocer su transformación. Javert necesita admitir que una persona puede desbordar la categoría en la que la encerró. Entre ambos se abre una distancia que sigue siendo dolorosamente cercana. Cuántas veces exigimos que alguien cambie mientras seguimos mirándolo como si fuera incapaz de hacerlo. Cuántas oportunidades quedan anuladas por una reputación que nadie acepta revisar. La película encuentra una fuerza moral extraordinaria al situar la posibilidad de otra vida frente a la comodidad de una condena definitiva.
Mi valoración de Los miserables nace de esa capacidad para hacer que una historia tantas veces contada vuelva a concernirnos. Cavayé ofrece un cine generoso en su ambición y profundamente humano en su centro. La amplitud del relato permite que la aventura conviva con el cuidado. Que la emoción íntima encuentre su lugar dentro del conflicto colectivo. Que el destino de una niña importe tanto como el estruendo de una barricada. Esa convivencia da sentido al espectáculo. Detrás de cada lucha por un mundo más justo hay personas que necesitan llegar a casa sin miedo. Comer. Descansar. Querer a alguien. Imaginar el día siguiente.
También por eso su esperanza resulta tan valiosa. La película conoce el precio de la crueldad. Sabe que algunas pérdidas son irreparables y que la buena voluntad no basta para deshacer una estructura de injusticia. Aun así concede un valor inmenso a lo que cada persona puede hacer desde su lugar. Valjean no dispone de una respuesta para todo el sufrimiento que encuentra. Dispone de sus manos y de su determinación. Dispone de la posibilidad de quedarse cuando podría marcharse. De intervenir cuando resultaría más cómodo mirar hacia otro lado. Su grandeza se construye con esa disponibilidad hacia los demás.
Lo más hermoso es que esa manera de vivir acaba ensanchando una existencia que parecía condenada a la soledad. El hombre al que todos reducían a su pasado llega a formar parte del porvenir de otros. Su paso por el mundo deja protección donde antes había abandono. Deja confianza donde había miedo. Deja una posibilidad de felicidad que continuará más allá de su presencia. Pocas formas de trascendencia resultan tan conmovedoras como esa. Haber vivido de tal manera que otra persona pueda vivir mejor.
Los miserables merece celebrarse por devolver a la pantalla esa confianza exigente en el ser humano. Por encontrar grandeza en quien carga con una vida ajena para que pueda seguir adelante. Por recordarnos que la ternura requiere coraje y que la compasión puede modificar un destino. Su emoción más duradera nace de contemplar a un hombre que recibe una oportunidad y dedica su existencia a multiplicarla. En ese recorrido hay dolor y sacrificio. También hay una belleza inmensa. La de descubrir que todavía podemos convertirnos en el amparo que alguna vez necesitamos. La de comprender que una vida herida conserva la capacidad de ofrecer felicidad. La de salir de esta historia con el deseo de mirar mejor a los demás y con una certeza luminosa. Siempre merece la pena abrir un lugar para alguien en el mundo.
Xabier Garzarain

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