Sants. La fe de quienes solo se tienen unos a otros.
Hay personas que regresan a casa porque necesitan refugio. Otras vuelven porque alguien las necesita y descubren que el lugar del que huyeron todavía conserva una parte de su vida sin resolver. Sants comienza a adquirir profundidad en esa diferencia. Volver junto a una madre enferma significa atravesar de nuevo una historia compartida. También implica aceptar que el tiempo disponible para comprenderla se está acabando. Mikel Gurrea sitúa ahí el origen de un relato donde la supervivencia material y la incertidumbre espiritual terminan hablando el mismo idioma. El de quienes buscan algo a lo que agarrarse cuando la vida deja de ofrecer garantías.
La película encuentra una imagen poderosa para desarrollar esa búsqueda. Una mujer que necesita cuidar de otra acaba integrándose en una banda dedicada al robo de figuras religiosas. Los objetos destinados a recibir plegarias se convierten en mercancía. El dinero obtenido mediante su venta permite sostener una comunidad. La ayuda circula junto a la deuda. La devoción convive con el cálculo. A partir de esa contradicción Sants construye un territorio moral donde cada gesto puede tener más de un significado y donde la necesidad obliga a tomar decisiones antes de haber comprendido del todo sus consecuencias.
Este interés por las contradicciones prolonga la trayectoria de Gurrea. El cineasta donostiarra se formó en Barcelona y en la London Film School. Sus cortometrajes Foxes (2015) y Heltzear (2021) precedieron a Suro (2022). Aquel debut utilizaba la explotación del corcho y el traslado de una pareja al campo para poner a prueba sus convicciones. Sants desplaza ese examen hacia la ciudad y hacia una comunidad organizada alrededor del delito. Ambas películas permiten reconocer una preocupación compartida. Los principios adquieren su verdadera dimensión cuando entran en conflicto con nuestra comodidad o con nuestras necesidades.
La continuidad entre las dos obras va más allá de la presencia de Victoria Luengo. Gurrea vuelve a partir de un espacio que conoce. En esta ocasión se trata del barrio barcelonés donde reside. Su nombre reúne la dimensión geográfica y la religiosa. Sants es un lugar concreto y una palabra cargada de imágenes. El director encontró una primera intuición de la película al contemplar una iglesia que siempre permanecía cerrada. La imaginó como un recinto lleno de tesoros que alguien podría sustraer. De esa observación cotidiana nació una ficción sobre el valor que atribuimos a lo que guardamos y sobre las necesidades que permanecen fuera de sus puertas.
Victoria Luengo ocupa el centro de ese mundo con una interpretación construida alrededor de la resistencia. Lali regresa para atender a su madre y lleva consigo los hábitos de alguien acostumbrado a vivir a la defensiva. Su brusquedad tiene una función protectora. Hablar poco y responder con dureza permite mantener una distancia que la enfermedad vuelve cada vez más difícil. Luengo hace que esa tensión resulte legible sin convertir al personaje en una explicación de sí mismo. La emoción permanece contenida y por eso sus movimientos hacia la cercanía adquieren peso.
Lali ofrece además una posibilidad de identificación que nace de su incomodidad. Puede asumir una responsabilidad mientras siente deseos de escapar. Puede querer a su madre y conservar resentimientos que ese amor no ha borrado. La película encuentra en esa convivencia una verdad poco complaciente sobre los vínculos familiares. El sufrimiento ajeno no ordena automáticamente nuestros sentimientos. A veces los vuelve más confusos. La interpretación de Luengo permite habitar esa confusión sin reclamar una absolución inmediata para su personaje.
Ariadna Gil aporta a Gloria una fragilidad que conserva voluntad propia. La cercanía de la muerte no la convierte en una presencia dócil. Su recuperación de la fe añade una distancia entre ella y su hija. Cada una necesita una clase distinta de respuesta. Lali se enfrenta a los problemas concretos del cuidado mientras Gloria busca un consuelo que desborda esas soluciones prácticas. Gil sostiene esa diferencia desde una vulnerabilidad que permite percibir al personaje como una persona completa. La enfermedad ocupa su cuerpo aunque no agota su identidad.
La relación entre ambas adquiere espesor porque el regreso no equivale a una reconciliación consumada. Compartir techo obliga a convivir con lo que todavía resulta difícil decir. El pasado sigue presente aunque el futuro empiece a estrecharse. Desde esa perspectiva el drama familiar permite una lectura especialmente dolorosa. Tal vez nunca exista una conversación capaz de resolverlo todo. Tal vez la reparación tenga que producirse de una forma menos perfecta. Mediante una presencia sostenida. Mediante la disposición a seguir cerca incluso cuando el entendimiento llega de manera incompleta.
Eulalia Ramon introduce con Rosario una figura de enorme potencial dramático. Antigua monja y conocedora del arte sacro. Jefa de una banda y organizadora de una red de ayuda. Su autoridad procede de la capacidad de hacer que las cosas funcionen. Para alguien desbordado por las obligaciones esa eficacia puede resultar irresistible. Rosario ofrece a Lali algo más concreto que una promesa de afecto. Le ofrece apoyo para cuidar a su madre. La interpretación de Ramon hace convivir el magnetismo de esa ayuda con la inquietud que provoca depender de quien la administra.
Gurrea ha descrito la película como la historia de una hija situada entre dos madres. Esa formulación ilumina su arquitectura emocional. Gloria representa un vínculo anterior a cualquier elección. Rosario propone una pertenencia nueva que parece elegida libremente. Sin embargo la necesidad interviene en esa elección y dificulta saber hasta dónde alcanza su libertad. Lali se mueve entre dos formas de apego que reclaman cosas distintas de ella. Su recorrido puede entenderse como el aprendizaje necesario para reconocer una deuda afectiva sin permitir que esa deuda se convierta en posesión.
El guion de Gurrea y Fran Kosterlitz encuentra su propuesta más fértil al unir el cuidado con la economía cotidiana. Atender a una persona enferma exige recursos. También exige una disponibilidad que puede absorber la vida de quien permanece a su lado. La entrada de Lali en la banda transforma esas necesidades en acción narrativa. Los robos tienen una consecuencia íntima. Cada posibilidad de obtener dinero afecta a su capacidad para seguir cuidando. El género criminal se convierte así en una vía para observar el precio material de la responsabilidad familiar.
La película permite además examinar una cuestión menos visible. La ayuda puede generar dependencia aunque alivie un sufrimiento verdadero. Una comunidad capaz de proteger también puede establecer condiciones difíciles de rechazar. Gurrea ha expresado su desconfianza hacia las estructuras piramidales y ha subrayado que la red de Rosario tiene una jefa. Esa intención sitúa el conflicto en la relación entre solidaridad y autoridad. El bienestar que ofrece el grupo merece ser reconocido. También merece ser examinada la libertad que conserva cada persona dentro de él.
El ritmo nace de la convivencia entre dos tiempos incompatibles. La enfermedad avanza con una lógica que los personajes apenas pueden modificar. El atraco exige planificación y promete un resultado. Lali transita entre una experiencia marcada por la impotencia y otra que parece devolverle capacidad de intervención. Esa alternancia contiene una idea dramática valiosa. La actividad puede convertirse en una forma de soportar aquello que no sabemos cómo afrontar. Mantenerse en movimiento permite aplazar el encuentro con el miedo aunque nunca consiga hacerlo desaparecer.
La recepción crítica ha señalado que la unión de ambas líneas presenta desequilibrios. Los preparativos de los golpes interrumpen por momentos la intensidad del drama familiar. La reserva de información puede mantener el misterio y también dificultar el acceso emocional a los personajes. Reconocer esa irregularidad permite valorar mejor la apuesta de Gurrea. La película busca una convivencia exigente entre la intimidad y el género. Su interés persiste en la fricción entre ambos registros aunque su integración no alcance siempre la misma fluidez.
Las circunstancias del rodaje aportan una dimensión física a esa apuesta. Según la productora Laura Rubirola el equipo trabajó durante cinco semanas en octubre de 2025. La filmación comenzó en las Bardenas Reales y continuó en Barcelona. Las iglesias se localizaron en Vic y debían aumentar progresivamente de tamaño. Algunas escenas exigían trabajar en los tejados. La escala creciente de esos espacios permite relacionar la dificultad de producción con la expansión de la aventura criminal. El mundo de los robos adquiere dimensiones mayores mientras la situación familiar mantiene a Lali ligada a una necesidad inmediata.
También resulta revelador que Luengo participara en ensayos durante la fase de guion y figure como productora ejecutiva. Ese compromiso prolonga su colaboración con Gurrea y ayuda a comprender la importancia del personaje como punto de unión de la película. Lali debe transportar consigo la experiencia del cuidado incluso cuando se encuentra dentro de la trama delictiva. Su presencia sostiene la continuidad humana entre espacios y tonos diferentes.
La fotografía de Julian Elizalde configura una Barcelona dominada por la noche y por una percepción incierta del espacio. La oscuridad tiene una función narrativa. Limita lo que puede conocerse y hace que la confianza adquiera valor. Entre las imágenes destacadas por las reseñas aparecen la recogida nocturna de espárragos bajo las linternas y las tallas religiosas flotando en el mar. La primera transforma una actividad material en una exploración de lo apenas visible. La segunda separa los objetos de su entorno habitual y abre una imagen de significado más inestable.
Las figuras desplazadas permiten pensar en las propias mujeres de la película. Todas atraviesan una pérdida de posición. Lali vuelve a un hogar que debe aprender a habitar de nuevo. Gloria se enfrenta a una transformación del cuerpo y del tiempo disponible. Rosario combina la autoridad religiosa de su pasado con una organización situada fuera de la ley. Esta afinidad puede leerse como una de las resonancias visuales de Sants. Los objetos y las personas adquieren otros significados cuando cambian de lugar aunque conserven las huellas de aquello que fueron.
El atrezo participa de esa transformación porque las tallas religiosas sostienen varias formas de valor. Reciben veneración dentro de una iglesia. Despiertan interés artístico. Alcanzan un precio en el mercado clandestino. Su circulación obliga a observar cómo cambia nuestra relación con una misma materia. La delicadeza necesaria para manipularlas establece además una proximidad perturbadora con los cuidados del cuerpo enfermo. Ambos requieren atención y conocimiento de la fragilidad. La película permite examinar lo que ocurre cuando una sociedad sabe conservar objetos valiosos mientras deja el sostenimiento de las personas en manos de quienes apenas disponen de recursos.
La música de Valentina Magaletti añade una energía particular a ese universo. Rubirola la describe como una composición electrónica elaborada a partir de la batería. Su dimensión rítmica participa del movimiento de los robos y de la construcción de tensión. La combinación con un drama contenido resulta exigente porque cada registro solicita una intensidad diferente. Algunas críticas han apreciado una distancia entre la partitura y el núcleo familiar. Esa observación ayuda a situar la música dentro del riesgo formal de la película. Sants intenta hacer convivir la urgencia de actuar con la experiencia mucho más difícil de esperar.
Como diálogo cinéfilo cabe acercar la película a Pickpocket de Robert Bresson. El vínculo puede establecerse en la relación entre la destreza del ladrón y una transformación interior que esa destreza no garantiza. También admite una comparación con Un asunto de familia de Hirokazu Koreeda por sus comunidades construidas al margen de la legalidad. En ambos casos la afinidad sirve como herramienta de lectura. Permite examinar qué hace legítimo un vínculo y hasta qué punto el afecto puede convivir con la explotación. Sants encuentra su espacio propio al introducir el cuidado de una madre enferma dentro de esa discusión sobre la pertenencia.
La dimensión religiosa amplía el conflicto sin exigir una respuesta doctrinal. Gurrea ha defendido el respeto hacia aquello que proporciona consuelo cuando una persona atraviesa una situación extrema. Esa posición permite comprender la fe de Gloria como una experiencia íntima. Ante la muerte puede surgir la necesidad de dirigirse a alguien o a algo que parezca escuchar. La imagen religiosa ofrece una forma para ese deseo. Su valor emocional permanece aunque otra persona solo vea en ella madera trabajada o una pieza vendible.
La cuestión del cuidado contiene además una raíz personal reconocida por el director. Vivir en Barcelona mientras sus padres están en Donostia lo llevó a pensar en el regreso y en las motivaciones que lo sostienen. Gurrea sitúa el viaje de Lali en el desplazamiento desde el deber hacia el querer. Esa idea ofrece una clave para comprender lo que intenta transmitir. La obligación puede llevarnos hasta una habitación. El vínculo empieza a transformarse cuando elegimos permanecer en ella con una disposición distinta. El cuidado adquiere entonces una dimensión afectiva que ninguna norma familiar consigue producir por sí sola.
Desde esa perspectiva Sants propone una reflexión sobre la libertad que resulta más compleja cuanto mayor es la necesidad. Elegir implica disponer de alternativas. Cuando una persona agotada recibe ayuda puede aceptar condiciones que en otro momento habría rechazado. La película permite observar esa vulnerabilidad sin despojar a sus personajes de capacidad de decisión. Lali debe aprender a distinguir lo que necesita de aquello a lo que está dispuesta a entregarse. Ese aprendizaje conserva un valor esperanzador porque reconoce la posibilidad de construir un criterio propio dentro de circunstancias difíciles.
También hay esperanza en una reconciliación que no necesite ser perfecta. El pasado puede conservar heridas que ninguna despedida alcanzará a cerrar. Aun así el tiempo compartido tiene valor. Una relación puede cambiar mediante actos pequeños aunque no encuentre las palabras definitivas. Esta lectura permite comprender el cuidado como una oportunidad de encuentro que admite la torpeza y el cansancio. Estar presente no exige convertirse de pronto en una persona sin contradicciones. Exige aceptar que el otro sigue mereciendo atención incluso cuando el vínculo conserva zonas dolorosas.
La proximidad de la muerte introduce finalmente un límite a la idea de eficacia. Los personajes pueden obtener dinero y organizar un golpe. Pueden encontrar ayuda y aliviar una carga. Hay una pérdida que ninguna de esas capacidades consigue cancelar. La posibilidad de acompañar adquiere su profundidad dentro de ese límite. El cuidado sigue teniendo sentido cuando no puede curar. Una presencia puede reducir la soledad. Una atención sostenida puede devolver dignidad a un tiempo marcado por el miedo. El valor de esos actos permanece aunque su resultado no sea una victoria.
Ahí encuentra Sants su lectura más luminosa. La fragilidad puede hacer que una persona quede sometida a otra. También puede abrir una relación basada en el reconocimiento mutuo. La diferencia depende de cómo se ejerce la ayuda y de la libertad que deja a quien la recibe. Una comunidad alcanza su mejor forma cuando permite descansar sin exigir la renuncia a la propia voz. El afecto se vuelve más digno cuando admite el desacuerdo. La protección adquiere profundidad cuando quien la ofrece sabe que no le concede ningún derecho de propiedad sobre la vida ajena.
Los desequilibrios entre el drama y los atracos limitan la cohesión de la película aunque no anulan la riqueza de sus preguntas. Gurrea encuentra en sus tres protagonistas una vía para pensar la responsabilidad sin convertirla en una virtud sencilla. Luengo aporta la resistencia de quien todavía debe aprender a acercarse. Gil conserva la singularidad de una mujer cuya vida desborda su enfermedad. Ramon da cuerpo al atractivo y al peligro de una autoridad capaz de ofrecer respuestas. Entre las tres sostienen un relato donde el cuidado aparece como una práctica llena de decisiones concretas y consecuencias emocionales.
Sants deja así una posibilidad de confianza en los vínculos humanos. Podemos llegar tarde a comprender a alguien y todavía ofrecerle algo valioso. Podemos haber vivido a la defensiva y aprender otra forma de permanecer. Podemos reconocer que necesitamos ayuda sin renunciar a decidir quiénes somos. La película permite encontrar una forma de esperanza en esa capacidad de transformación. Su resonancia más profunda está en la atención que una persona puede prestar a otra durante un tiempo que ninguna de las dos controla. Acompañar con libertad. Sostener con delicadeza. Hacer que alguien se sienta menos solo mientras todavía puede recibir ese gesto. Tal vez esa sea la forma de trascendencia más cercana que permite imaginar Sants. Un cuidado cuyo valor permanece en la vida de quien lo recibe y también transforma a quien aprende a ofrecerlo.
Xabier Garzarain

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