The Club Kid: encontrarse para aprender a quererse.

La trayectoria cinematográfica de Jordan Firstman ayuda a comprender por qué Club Kid parece al mismo tiempo una primera película y la obra de alguien que llevaba años preparándose para hacerla. Antes de ponerse detrás de la cámara en un largometraje Firstman había trabajado como guionista de comedia y había dirigido cortometrajes. También había construido una personalidad pública muy reconocible a través de sus vídeos durante la pandemia. El cine terminó descubriendo otra faceta suya cuando Sebastián Silva convirtió esa personalidad en materia cinematográfica en Rotting in the Sun (2023). Después llegaría I Love LA (2025). Club Kid (2026) supone por tanto un salto mucho mayor de lo que parece. Firstman escribe y dirige y protagoniza una película en la que coloca muchas de las obsesiones que ya recorrían su trabajo anterior. La identidad entendida como representación. La necesidad de ser visto. La ironía utilizada como mecanismo de defensa. El miedo a que detrás de la imagen que proyectamos no exista nada capaz de sostenernos cuando desaparezca el público. No resulta casual que entre sus referentes aparezcan películas como After Hours (1985) de Martin Scorsese y Weekend (2011) de Andrew Haigh. La primera entiende la ciudad nocturna como un territorio delirante que transforma a quienes la atraviesan. La segunda entiende la intimidad queer como el lugar donde una persona puede dejar de interpretarse a sí misma. Club Kid se mueve entre ambas sensibilidades y las combina con una energía muy personal.



La película fue presentada mundialmente en Un Certain Regard del Festival de Cannes. Allí se convirtió en una de las sorpresas de la edición aunque no figuró entre las ganadoras de la sección. Después llegó Deauville y allí consiguió algo especialmente significativo porque conquistó simultáneamente al jurado y a los espectadores. Ganó el Grand Prix de la 52 edición del Festival de Cine Americano de Deauville y también el Premio del Público de la ciudad de Deauville. Su recorrido continuó por Perlak en el Zinemaldi y por otros festivales internacionales. Ese camino sirve para entender que el entusiasmo inicial de Cannes no fue simplemente una reacción pasajera ante una premiere. La película ha mantenido una capacidad de conexión que se explica porque su mundo es muy específico y al mismo tiempo sus preguntas son universales.


Jordan Firstman interpreta a Peter sin protegerlo completamente y sin convertirlo tampoco en un personaje diseñado para provocar rechazo. Esa decisión es fundamental porque el protagonista debe resultar contradictorio desde el principio. Peter parece construido a partir de una acumulación de excesos. Drogas. Sexo. Música electrónica. Noches que parecen no terminar nunca. Amigos convertidos en una familia provisional. Una existencia concebida para que el siguiente estímulo llegue antes de que aparezca el silencio. Firstman posee además una cualidad interpretativa muy adecuada para ese personaje porque puede mostrar arrogancia y vulnerabilidad dentro de una misma escena. Puede resultar irritante y poco después dejar aparecer una fragilidad casi infantil. Lo mejor de su interpretación no llega cuando Peter empieza a aprender cómo comportarse como padre. Llega cuando comprende que durante años había vivido convencido de que no necesitaba ser responsable de nadie y que esa supuesta autosuficiencia era otra forma de representación.


Reggie Absolom se convierte en el corazón emocional de la película porque Arlo podría haber sido simplemente un mecanismo narrativo diseñado para redimir al adulto. Firstman evita en buena medida ese peligro porque el niño está escrito y interpretado desde la observación y no desde la sentimentalidad. Arlo contempla a Peter y lo estudia mientras descubre un universo completamente nuevo. También obliga al espectador a mirar ese universo con otros ojos. De repente aquello que al comienzo parecía solamente ruido empieza a adquirir significado. Las personas que rodean a Peter dejan de ser figurantes de una noche interminable y empiezan a revelar vínculos y afectos y heridas y fidelidades. Arlo funciona como hijo pero también como espejo porque Peter empieza a conocerse de verdad cuando alguien que depende de él comienza a mirarlo sin la admiración superficial que había dominado tantas de sus relaciones anteriores.


La química entre Firstman y Absolom sostiene prácticamente toda la película porque hay una ternura creciente que nunca necesita anunciarse de manera enfática. Peter no experimenta una revelación instantánea y Arlo tampoco llega para salvar milagrosamente a su padre. Ambos se reconocen desde dos formas distintas de desamparo. Uno ha perdido una madre. El otro lleva años evitando preguntarse qué ha perdido por el camino. Cuando finalmente empiezan a encontrarse Club Kid deja de ser la historia de un adulto que debe responsabilizarse de un niño y se transforma en la historia de dos personas que necesitan descubrir qué significa realmente pertenecer a alguien sin dejar de pertenecerse también a sí mismas.


Cara Delevingne introduce una energía deliberadamente más estridente y su personaje pertenece a ese universo en el que la amistad se mezcla con el trabajo y con el ocio y con la noche. Puede parecer incluso excesiva en determinados momentos. Sin embargo esa cierta desmesura tiene sentido dentro de una película interesada en mostrar hasta qué punto la fiesta también es una representación colectiva. Diego Calva aporta otra clase de presencia que resulta más serena y más luminosa. Su aparición ayuda a desplazar la película desde el vértigo hacia una idea mucho más amplia de afecto. Kirby Howell Baptiste y Colleen Camp completan un conjunto en el que la noción tradicional de familia va perdiendo poco a poco importancia frente a otra mucho más flexible. La familia no se define únicamente por la sangre sino también por la elección y por la capacidad de permanecer cuando las luces se apagan y cuando ya no queda nada que celebrar.


El ritmo de Club Kid resulta esencial porque Firstman necesita que experimentemos primero la velocidad antes de comprender su agotamiento. La apertura se lanza hacia la noche con una energía casi física y el movimiento de cámara y los cuerpos y la música y las sustancias y las conversaciones parecen suceder simultáneamente. Peter vive de esa manera porque detenerse equivaldría a escucharse. Firstman entiende que una película sobre el exceso no puede limitarse a describirlo desde fuera. Tiene que hacerlo sentir desde dentro. Por eso la primera parte parece avanzar empujada por una corriente que apenas permite respirar y que transmite la sensación de que toda la vida del protagonista está organizada alrededor de la siguiente noche.


El paso del tiempo cambia ese movimiento y ahí aparece una de las ideas más inteligentes de la película. Una década después Peter continúa esencialmente en el mismo lugar. El problema no es la fiesta sino la repetición. Aquello que en determinado momento pudo significar libertad puede convertirse después en refugio. Todo refugio puede terminar siendo una cárcel cuando permanecer dentro deja de ser una elección. Firstman nunca necesita condenar la noche queer para mostrar que Peter la utiliza como excusa para no avanzar. Esa diferencia es crucial porque Club Kid no ataca el mundo que retrata. Lo conoce. Lo celebra. Lo filma con energía. Lo quiere lo suficiente como para señalar también sus mecanismos de huida.


La trama parte de un mecanismo narrativo que podría pertenecer a una comedia comercial muy convencional. Un hombre incapaz de cuidar de sí mismo descubre de pronto que tiene un hijo. El cine ha utilizado esa estructura en numerosas ocasiones. Trois hommes et un couffin (1985) construía su comedia alrededor de hombres enfrentados inesperadamente a los cuidados. Baby Boom (1987) confrontaba la vida profesional con la maternidad. Big Daddy (1999) explotaba una variante masculina de la inmadurez obligada a crecer. Somewhere (2010) situaba a un hombre atrapado en el vacío de la celebridad frente a una hija que altera su percepción del mundo. Firstman toma una estructura reconocible y desplaza el verdadero conflicto hacia otro terreno porque la pregunta de Club Kid no es si Peter conseguirá aprender a ser padre. La pregunta es qué significa crecer cuando la cultura que te permitió descubrir quién eras también se convirtió en el lugar donde aprendiste a esconderte.


Ahí se encuentra el auténtico corazón del guion porque Peter pertenece a una generación queer para la que la conquista de determinados espacios significó mucho más que divertirse. El club podía ser santuario y comunidad y deseo y libertad. Podía ser un espacio donde construir una identidad fuera de una mirada social que durante generaciones había castigado esa misma identidad. Firstman conoce demasiado bien ese mundo como para ridiculizarlo desde fuera. Lo ama y por eso mismo puede formular una pregunta incómoda. Qué sucede cuando un lugar que nos permitió convertirnos en nosotros mismos empieza a impedir que sigamos convirtiéndonos en alguien diferente.


El título contiene una de las mejores ideas de la película porque Club Kid parece describir a Peter pero también describe a Arlo. Peter es el niño del club que nunca terminó de abandonar esa condición. Arlo es literalmente el niño que entra en ese mundo y aprende a observarlo desde una mirada nueva. Uno envejeció sin crecer completamente. El otro comienza a crecer mientras descubre a su padre. La película coloca ambos procesos uno frente al otro hasta convertirlos en reflejos y hace que la paternidad funcione no solamente como responsabilidad sino también como interrupción.


Arlo introduce algo radical en la vida de Peter porque introduce el futuro. Hasta su llegada Peter vive en un presente perpetuo. Cada noche sustituye a la anterior. Cada fiesta promete ser diferente aunque termine pareciéndose a todas. La droga intensifica el instante. La música elimina el silencio. El sexo convierte el deseo en un presente absoluto. Arlo rompe ese sistema porque cuidar significa pensar en mañana y preparar algo y recordar algo y llegar a una hora y asumir las consecuencias de lo que hacemos hoy. Esa transformación podría haber producido una película moralista y Firstman se acerca peligrosamente a ello en algunos momentos. Peter se adapta a la paternidad con una facilidad que puede resultar demasiado conveniente y el guion lo protege de algunos errores realmente graves que habrían convertido su evolución en algo más doloroso y más complejo. Sin embargo reducir la película a una fábula conservadora sobre abandonar la fiesta para formar una familia sería también simplificarla demasiado.


Peter no descubre que su antigua vida carecía de valor. Descubre justamente lo contrario porque comprende que muchas de las personas con las que compartió aquella vida eran ya su familia. Ese matiz cambia completamente la lectura de la película. Arlo no sustituye a la comunidad queer. Arlo entra en ella y la obliga a redefinirse. Firstman no plantea una oposición simple entre fiesta y familia. Lo que plantea es una ampliación de la idea de familia y una revisión de lo que significa realmente cuidar de alguien.


Ahí reside probablemente lo más hermoso de Club Kid porque la película no termina diciendo que Peter deba convertirse en otra persona. Le pide que comprenda quién era realmente. La fiesta estaba llena de afecto pero Peter había confundido el movimiento con la vida. Había recibido amor sin aprender todavía a responsabilizarse del amor recibido. Ser padre significa entonces algo mucho más profundo que abandonar determinadas drogas o acostarse antes. Significa aceptar que amar crea obligaciones y que permitir que alguien dependa de nosotros modifica nuestra relación con el tiempo. Significa comprender que la libertad adulta no consiste solamente en poder hacer lo que uno quiere sino también en decidir qué merece que renunciemos voluntariamente a otras posibilidades.


El rodaje refuerza esa sensación de autenticidad porque Club Kid está concebida desde una voluntad de inmersión y de textura. La fotografía de Adam Newport Berra convierte la noche en una materia casi física. El grano y las luces y los cuerpos y la oscuridad producen una imagen que parece estar a medio camino entre el presente y el recuerdo. Esa cualidad resulta fundamental porque la película habla precisamente de una vida que Peter cree seguir viviendo cuando en realidad ya empieza a formar parte de algo que debería aprender a recordar de otra manera.


La ciudad de Nueva York deja de funcionar como simple escenario y empieza a convertirse en un estado mental. Los interiores nocturnos poseen una belleza febril. Los rostros emergen de zonas de sombra y de color. La cámara encuentra sudor y cansancio y belleza imperfecta. Cuando la película abandona progresivamente algunos de esos espacios el contraste visual transmite que Peter está aprendiendo también a mirar la luz de otra manera. El cambio no se expresa solamente mediante el guion porque también aparece en la imagen y en el modo en que el personaje empieza a habitar los lugares.


El atrezo participa constantemente en la construcción de ese mundo porque los apartamentos demasiado llenos y la ropa y los vasos y los restos de comida y los objetos de la noche cuentan quién es Peter antes incluso de que hable. Todo parece organizado alrededor del siguiente acontecimiento y no alrededor del día siguiente. La llegada de Arlo introduce objetos nuevos y con ellos introduce otra forma de orden. No se trata de un orden doméstico entendido como triunfo burgués sino de un orden emocional. El espacio empieza a contener dos vidas y por tanto empieza a exigir otra clase de responsabilidad.


El montaje comprende perfectamente esa transición porque la película comienza comportándose casi como Peter. Es nerviosa y excitable y parece incapaz de permanecer quieta demasiado tiempo. Después permite que las escenas respiren y que las conversaciones adquieran duración. Los silencios empiezan a tener valor y el espectador percibe el cambio antes incluso de formularlo conscientemente. El montaje deja de perseguir experiencias y empieza a observar relaciones. Ese desplazamiento es fundamental porque Firstman no necesita explicar verbalmente cada transformación. La estructura formal de la película ya la está contando.


La música de Cristobal Tapia de Veer merece una atención especial porque comprende que la electrónica aquí no puede funcionar simplemente como acompañamiento. Forma parte de la psicología del protagonista. El pulso musical representa aquello que Peter persigue durante años. Intensidad. Suspensión. Un presente sin consecuencias. La música puede resultar eufórica y al mismo tiempo esconder una enorme tristeza. Cuando el relato se vuelve más íntimo la banda sonora deja espacio para que aparezca aquello que Peter llevaba años evitando. El silencio deja entonces de ser ausencia y se convierte en una forma de verdad porque en él aparece la conciencia y aparece el duelo y aparece la posibilidad de preguntarse si una vida que parece llena está realmente acompañada.


Club Kid pertenece evidentemente a una tradición de cine queer contemporáneo pero se resiste a permanecer encerrada en ella. Hay ecos de Weekend (2011) en su capacidad para convertir una relación íntima en una reflexión sobre identidad. Hay algo del Nueva York nocturno de After Hours (1985). Existe también una proximidad generacional con Rotting in the Sun (2023) en el uso del humor como vía hacia una profunda inseguridad. Puede dialogar incluso con All of Us Strangers (2023) desde lugares radicalmente distintos porque ambas entienden que determinadas heridas adultas proceden de vínculos que nunca llegaron a completarse. Sin embargo Club Kid elige finalmente un camino más luminoso porque cree en la posibilidad de transformación sin necesidad de destruir la identidad anterior.


También existe una relación evidente con las historias clásicas de maduración tardía porque Peter tiene edad de adulto y estructura emocional de alguien que todavía cree que crecer significa perder algo. Firstman invierte esa idea y propone que crecer no significa traicionar lo que uno fue. Significa conservar aquello que todavía tiene verdad y abandonar aquello que solamente seguimos haciendo porque tenemos miedo de descubrir quién seríamos sin ello.


Ese es el mensaje profundo que atraviesa toda la película porque Club Kid habla de paternidad pero en realidad habla de pertenencia. Habla de drogas pero en realidad habla de vacío. Habla de fiesta pero en realidad habla de comunidad. Habla de crecer pero sobre todo habla de dejar de huir. Peter lleva años convencido de que está eligiendo su vida y la llegada de Arlo le obliga a preguntarse cuánto de esa vida sigue siendo una elección y cuánto se ha convertido en inercia. Esa diferencia define muchas existencias más allá del universo queer que retrata la película. Podemos permanecer durante años dentro de una identidad que un día nos salvó y no darnos cuenta de que después empezó a limitarnos. Podemos convertir nuestros mecanismos de supervivencia en personalidad. Podemos llamar libertad a aquello que ya no sabemos cómo abandonar.


Firstman mira todo ese proceso con compasión y ahí reside uno de sus mayores logros porque Club Kid podría haber sido una sátira despiadada sobre el narcisismo de una determinada escena neoyorquina. Podría haber sido una película sobre adicciones. Podría haber sido una comedia convencional acerca de un hombre gay que descubre inesperadamente la paternidad. Podría haber convertido a Arlo en una máquina de fabricar lágrimas. Firstman roza cada una de esas películas pero termina construyendo otra diferente y mucho más interesante. Construye una historia sobre la capacidad de cambiar sin repudiar a la persona que fuimos.


El recorrido por festivales refuerza esa lectura porque el Grand Prix de Deauville reconoce una película cinematográficamente ambiciosa y el Premio del Público demuestra que esa ambición no ha impedido una conexión emocional inmediata. Esa combinación explica buena parte de la fuerza de Club Kid. Su universo es muy concreto pero las preguntas que formula pueden pertenecer a cualquier vida porque todos podemos quedar atrapados en versiones antiguas de nosotros mismos y todos podemos confundir durante demasiado tiempo aquello que nos hizo libres con aquello que después nos impide avanzar.


La conclusión de Club Kid encuentra precisamente su mayor belleza en negarse a conceder a Peter y Arlo el desenlace que el espectador desearía. Arlo no se queda con Peter. Regresa a Inglaterra y pasa a vivir con una familia de acogida mientras Peter continúa su vida junto a su pareja. En términos puramente narrativos podría parecer incluso un final triste porque después de todo lo vivido ambos vuelven a quedar separados. Sin embargo la llamada final en la que Peter sabe que podrá visitarlo transforma completamente esa tristeza. Firstman no necesita reunirlos bajo el mismo techo para demostrar que el vínculo entre ellos ha cambiado para siempre sus vidas.


Ahí reside la inteligencia emocional de la película. Club Kid comprende que algunas relaciones no necesitan terminar de la manera que imaginamos para haber sido profundamente importantes. Peter no consigue aquello que quizá nosotros queríamos para él pero sí descubre algo mucho más decisivo. Aprende a querer a Arlo sin convertir ese amor en posesión. Aprende que ser padre también puede significar aceptar una separación dolorosa y seguir estando presente dentro de las posibilidades que la vida le permite. Arlo por su parte encuentra estabilidad y un hogar en Inglaterra sin que eso borre lo que Peter ha significado para él. Lo que ambos construyeron permanece aunque la vida los coloque en lugares diferentes.


Por eso el desenlace produce una sensación tan extraña y tan hermosa. Objetivamente no termina como una historia feliz porque Peter y Arlo se separan. Emocionalmente sin embargo sentimos que algo ha salido bien. Peter ya no es exactamente el hombre que conocimos al principio y Arlo tampoco es el niño que llegó a su vida. Se han transformado mutuamente y la promesa de volver a verse basta para que la distancia no tenga sabor a despedida definitiva.


Firstman consigue así algo mucho más difícil que fabricar un final feliz. Construye un final verdadero y profundamente esperanzador. La felicidad no consiste en que Peter y Arlo puedan quedarse juntos para siempre sino en saber que después de encontrarse ya no volverán a ser desconocidos el uno para el otro. La vida los separa pero no deshace lo que nació entre ellos. Y quizá por eso Club Kid termina dejando una emoción tan cálida. Porque algunas personas llegan a nuestra vida para quedarse y otras llegan para cambiarnos. Peter y Arlo quizá no puedan compartir el mismo hogar pero desde ese momento ambos llevan una parte del otro consigo.


Xabier Garzarain 

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