Lo dejamos acá: el arte de perder el control.
La trayectoria cinematográfica del director Hernán Goldfrid dibuja un recorrido entre la comedia de equívocos y la inquietud que nace de una certeza demasiado firme. Música en espera (2009) encontraba su impulso en el encuentro entre personas atrapadas en situaciones que no dominaban. Tesis sobre un homicidio (2013) convertía la interpretación de los hechos en una peligrosa prolongación del orgullo. Lo dejamos acá reúne ambas inclinaciones. La ligereza del enredo convive con una relación donde comprender al otro se confunde con ejercer poder sobre él. Tras una larga etapa de trabajo televisivo Goldfrid regresa al largometraje con dos actores que conocen bien su cine. Diego Peretti protagonizó su primera película. Ricardo Darín encabezó la segunda. Esta reunión permite reconocer una continuidad bajo el cambio de género. Sus personajes vuelven a enfrentarse a la distancia entre lo que creen controlar y lo que realmente comprenden.
Darín interpreta a Ulises Verón desde una autoridad que resulta persuasiva incluso cuando empieza a ser sospechosa. Su principal herramienta es esa naturalidad con la que puede hacer pasar una intromisión por una muestra de sensatez. Ulises tiene prestigio y presencia pública. Está acostumbrado a que sus palabras organicen una conversación. El actor aprovecha esa posición para introducir una ambigüedad fértil. La seguridad del terapeuta puede expresar experiencia. También puede esconder la incapacidad de admitir que otra persona se resista a sus soluciones. Lo inquietante surge cuando su deseo de intervenir empieza a parecerse demasiado a la necesidad de tener razón.
Peretti encuentra en Martín Bouchard un interlocutor que altera ese dominio. El escritor llega con un bloqueo creativo y una relación problemática con el alcohol. Su conflicto contiene una contradicción que va más allá de la falta de inspiración. Asocia la escritura con aquello que amenaza su bienestar. Renunciar a beber significa exponerse al temor de perder la capacidad que le ha dado reconocimiento. El personaje permite leer la dependencia como una amenaza a la identidad que ha construido alrededor de su talento. Si deja de producir aquello por lo que los demás lo admiran tendrá que averiguar cuánto queda de sí mismo fuera de esa admiración.
El encuentro entre ambos funciona porque la confianza nunca termina de borrar la rivalidad. Darín y Peretti convierten la conversación en una negociación. Cada acercamiento puede contener una provocación. Cada gesto de comprensión puede preparar una nueva disputa. El terapeuta interpreta personas. El novelista las inventa. Los dos están habituados a construir explicaciones sobre la conducta humana y a ocupar una posición de autoridad gracias a ellas. Su enfrentamiento resulta atractivo cuando deja entrever que ninguno soporta fácilmente convertirse en personaje dentro del relato del otro.
Antonia Bengoechea aporta una resistencia distinta como Paula. Su condición de hija y asistente de Ulises permite observar la distancia entre la solvencia pública del profesional y sus dificultades en la intimidad. Ayudar a desconocidos puede proporcionar prestigio. Escuchar a alguien cercano exige una disponibilidad que no recibe aplausos. Inés Efron y los demás intérpretes secundarios amplían el entorno del consultorio. Sin embargo sus personajes no siempre encuentran suficiente recorrido. Algunas presencias prometen abrir conflictos que después quedan subordinados al duelo central. Esa reducción beneficia la concentración en los protagonistas pero empobrece el mundo humano que debería poner a prueba sus decisiones.
El ritmo se apoya inicialmente en la curiosidad que despierta un profesional dispuesto a romper las reglas de su oficio. Ulises rechaza un reconocimiento a su trayectoria y expresa su desencanto con una práctica que considera insuficiente. El gesto tiene fuerza porque convierte una ceremonia de consagración en una crisis de legitimidad. A partir de ahí cada intervención invita a comprobar hasta dónde llegará. La película encuentra un buen motor en esa expectativa. La incomodidad nace de acompañar a alguien cuyas iniciativas pueden parecer eficaces antes de que hayamos considerado sus consecuencias.
La trama adquiere su sentido más profundo cuando la llegada de Bouchard transforma el impulso de ayudar en una disputa sobre los límites. El paciente presenta un problema que el terapeuta quiere resolver mediante su participación directa en la vida ajena. La consulta deja de ser un espacio delimitado y el vínculo se extiende hacia un terreno donde las responsabilidades se vuelven confusas. Desde ahí cabe leer la película como una historia sobre la seducción de las soluciones inmediatas. Ulises necesita resultados visibles. Martín necesita recuperar una capacidad que considera indispensable. Ambos tienen motivos para desear un atajo. Esa coincidencia hace posible una relación cuyo peligro está contenido en su promesa.
El guion de Emanuel Diez acierta al reunir dos profesiones construidas alrededor de la palabra. Una sesión terapéutica y una novela conceden importancia a lo que se cuenta. También a lo que se omite y a la forma de ordenar una experiencia. Esta proximidad ofrece una lectura especialmente sugerente. Ulises puede terminar tratando a su paciente como un autor trata a un personaje. Decide qué conflicto debe afrontar y qué transformación debería experimentar. El problema aparece cuando esa voluntad de dar forma a una vida desplaza la libertad de quien tiene que vivirla.
La escritura pierde parte de su fuerza cuando aumenta la dependencia de los giros. La intriga gana movimiento pero algunas motivaciones quedan demasiado sometidas a la preparación de la sorpresa. El desenlace puede reorganizar nuestra percepción de los acontecimientos sin resolver con igual profundidad las tensiones que los hicieron posibles. Ahí se encuentra la principal limitación de Lo dejamos acá. Su planteamiento abre un conflicto moral de considerable alcance. Su desarrollo prefiere en ocasiones la satisfacción del mecanismo narrativo. El resultado conserva atractivo como entretenimiento aunque deja la sensación de que sus personajes podrían haber sido llevados más lejos.
Las circunstancias del trabajo interpretativo añaden una inversión curiosa. Peretti tiene formación médica y ejerció la psiquiatría. Aquí ocupa el lugar del paciente mientras Darín encarna al profesional. Ese cruce biográfico aporta una ironía al reparto sin convertir la ficción en una demostración clínica. Más significativa resulta la intención expresada por Goldfrid durante la presentación de la película. El director quiso explorar las contradicciones personales y la atracción que ejercen las salidas rápidas. También buscó que el espectador deseara ver la siguiente transgresión de Ulises pese a reconocer su peligro. Esa complicidad ayuda a entender el proyecto. La película necesita que sintamos el atractivo de su protagonista para que podamos advertir cuánto estamos dispuestos a justificarle.
La fotografía de Rodrigo Pulpeiro participa en esa incertidumbre mediante el tratamiento de Buenos Aires. Goldfrid concibió la ciudad junto al responsable de fotografía y al director de arte Daniel Gimelberg como una expresión del estado emocional de los personajes. Esa intención permite entender los espacios urbanos como una prolongación del conflicto. La vida exterior no cancela lo que ocurre en el consultorio. Lo dispersa y lo vuelve menos controlable. El trabajo con la noche contribuye además a sostener una inquietud que las escenas de conversación podrían haber dejado en un registro demasiado estático.
El atrezo y los interiores pueden leerse desde la relación entre prestigio y fragilidad. El entorno acomodado de Bouchard establece que su bloqueo no procede de una falta de recursos materiales. Su posición le permite pagar ayuda y preservar una imagen de éxito. Ninguna de esas ventajas garantiza que pueda escribir. Los espacios profesionales de Ulises cumplen una función complementaria. Dan forma visible a su autoridad. En ambos casos el entorno sostiene una identidad que el encuentro entre los protagonistas empieza a desestabilizar. La comodidad material termina ofreciendo un marco especialmente irónico para dos hombres que carecen de seguridad sobre aquello que consideran esencial.
La música original de Roque Baños se integra en una propuesta que busca el placer del suspense clásico. A su alrededor aparecen canciones reconocibles como Soy rebelde de Jeanette y Fanky de Charly García. La familiaridad musical favorece una relación juguetona con el relato. Esa elección contribuye al atractivo de la película y expresa también su dificultad central. El tono invita a disfrutar de una conducta cuyo alcance moral reclamaría por momentos una incomodidad más persistente.
Goldfrid ha señalado a Hitchcock y Billy Wilder entre sus referencias. También a Scorsese y los hermanos Coen. Esa filiación se reconoce mejor como una aspiración a mezclar humor y amenaza que como una equivalencia de resultados. Lo dejamos acá comparte con la comedia negra el interés por personajes capaces de convertir una justificación razonable en permiso para excederse. Su parentesco con el cine de suspense surge de la inestabilidad del vínculo. Una conversación aparentemente amistosa puede alterar la distribución del poder. La afinidad con Los simuladores aparece en el gusto por intervenir sobre la realidad ajena mediante planes que prometen corregirla. Aquí esa fantasía de eficacia queda atravesada por el ego de quien la pone en práctica.
Lo que la película parece querer transmitir encuentra su expresión más fértil en la dificultad de reconocer los límites propios. Ulises ha perdido confianza en su método pero conserva una confianza enorme en sí mismo. Esa desproporción permite interpretar su conducta como el intento de sustituir una incertidumbre profesional por una certeza personal. Si las herramientas heredadas no bastan él encontrará otras. El riesgo reside en que su convicción termine ocupando el lugar de cualquier límite. La buena intención se convierte entonces en una autorización que él mismo se concede.
Martín refleja esa misma dificultad desde otro lugar. Su relación con la escritura permite pensar en las historias que una persona necesita creer para seguir reconociéndose. La asociación entre sufrimiento y talento puede adquirir la fuerza de una condena íntima. Abandonar una conducta destructiva exige enfrentarse a la posibilidad de que el relato utilizado para explicarse la propia vida fuera incompleto. En esa lectura el escritor teme tanto perder su obra como descubrir que había convertido su daño en una condición obligatoria para crear. La película alcanza una dimensión humana valiosa cuando deja entrever esa prisión.
El vínculo entre los dos invita además a distinguir la ayuda del deseo de resultar indispensable. Quien ayuda puede esperar agradecimiento. También puede necesitar que el otro mejore para confirmar su propia valía. Desde esa perspectiva Ulises y Martín comparten una dependencia del reconocimiento. Uno necesita producir una transformación. El otro necesita producir una obra. Ambos corren el riesgo de medir su existencia por un resultado. Esa semejanza da profundidad al enfrentamiento porque impide reducirlo a la oposición entre un hombre que sabe y otro que necesita aprender.
Lo dejamos acá encuentra su mejor razón de ser en el placer de contemplar a dos actores que saben convertir una conversación en una escena llena de posibilidades. Darín y Peretti hacen que la cercanía resulte sospechosa y que la rivalidad contenga una inesperada forma de reconocimiento. Entre ambos circula algo que pertenece a la mejor tradición del cine de personajes. La sensación de que cada uno descubre en su adversario una debilidad que también le pertenece. Goldfrid aprovecha ese entendimiento para construir una comedia donde la sonrisa convive con la inquietud y donde el deseo de ordenar la vida ajena termina desordenando las propias certezas.
Sus imperfecciones dejan espacio para disfrutar de una película que confía en el encuentro entre intérpretes y en la capacidad del cine para transformar una disputa de egos en un juego compartido con el espectador. Hay un placer reconocible en dejarse conducir por sus cambios de tono. En observar cómo una palabra modifica el equilibrio de una escena. En descubrir que el hombre acostumbrado a interpretar a los demás también necesita que alguien lo mire sin aceptar de inmediato sus explicaciones. Esa reciprocidad aporta al relato una calidez que sobrevive a sus maniobras argumentales.
El título adquiere entonces una resonancia más amable. Lo dejamos acá puede expresar una tregua. El momento en que dejamos de exigir una respuesta definitiva y aceptamos que una vida conserve asuntos pendientes. El terapeuta y el escritor trabajan con historias. Ambos necesitan encontrarles un sentido. El cine los reúne para recordarles que las personas siempre pueden desbordar el papel que les habíamos asignado.
Y quizá ahí permanezca lo más valioso de la película. En esa confianza en que todavía podemos sorprendernos unos a otros. En que una relación nacida de la necesidad y atravesada por la desconfianza puede abrir una pequeña fisura en nuestras defensas. Goldfrid deja a Darín y Peretti sostener ese territorio incierto donde reconocemos algo de nuestras propias contradicciones y podemos sonreír ante ellas. La pantalla vuelve a ser ese lugar privilegiado donde observar las flaquezas humanas se convierte en una forma de compañía. La película termina. El placer de haber compartido tiempo con sus personajes continúa.
Xabier Garzarain

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