Tangles: el amor que aprendemos de una madre sigue cuidando de nosotros.
Leah Nelson llega al largometraje con una trayectoria construida entre la observación documental y la imaginación visual. Cofundadora del estudio canadiense Giant Ant ha trabajado durante años en formatos breves donde cada movimiento necesita encontrar su sentido. Entre sus antecedentes figuran los cortometrajes Swiss Chalet: A Helping Hand y Mavis Staines: Sharing Dance. También participó como productora ejecutiva en el documental Precious Leader Woman. Tangles constituye su debut como directora de largometrajes. Esa experiencia previa ayuda a comprender su apuesta. Escuchar una historia verdadera y encontrar en el dibujo una manera de expresar cuanto las palabras apenas consiguen contener.
Su recorrido internacional comenzó en las Sesiones Especiales del Festival de Cannes. Después formó parte de la selección oficial de largometrajes de Annecy. El Festival de Toronto acogió su estreno norteamericano dentro de Centrepiece. Ese itinerario situó la película en espacios que permiten apreciar dimensiones complementarias de su propuesta. Su escritura autobiográfica. Su ambición como animación adulta. Su capacidad para convertir una experiencia íntima en una historia compartida.
En Deauville obtuvo el Premio del Jurado compartido y el Premio de la Crítica. En el 74 Zinemaldi participó en Perlak y ganó el Premio Sebastiane. Más adelante recibió el Gran Premio del Jurado de Animation Is Film en Los Ángeles. Su circulación también ha incluido Melbourne y el Festival Internacional de Nueva Zelanda. El viaje continuará en noviembre en el Festival Cine por Mujeres de Madrid con una proyección en colaboración con QueerCineMad. La acogida reúne así el reconocimiento a su lenguaje cinematográfico con la resonancia de una historia sobre identidad y vínculos familiares.
El Premio Sebastiane invita a atender una dimensión esencial. Sarah tiene una identidad y una vida afectiva que forman parte del corazón de la narración. Su relación con Donimo participa de sus decisiones y de su manera de entender el futuro. El regreso junto a su madre no cancela esa existencia. La vuelve más difícil de organizar. Tangles permite pensar en una mujer que necesita seguir siendo ella misma mientras descubre cómo acompañar a otra persona.
Abbi Jacobson presta su voz a Sarah. Julia Louis-Dreyfus interpreta a Midge. Bryan Cranston encarna al padre Rob y Beanie Feldstein a la hermana Hannah. Samira Wiley da voz a Donimo y Seth Rogen a Zach. La presencia de tantos intérpretes vinculados a la comedia favorece una aproximación donde la tragedia convive con el desconcierto cotidiano. Una familia puede afrontar una pérdida enorme y seguir discutiendo por asuntos pequeños. La preocupación no elimina las diferencias de carácter. A menudo las vuelve más visibles.
Sarah necesita sostener ese cruce de emociones. Es una hija preocupada y también una artista que desea construir su camino. Su conflicto nace de intentar responder a una situación que desborda sus recursos. La voz de Jacobson ocupa el centro de una experiencia donde la voluntad de ayudar tropieza con la frustración de no saber cómo hacerlo. El personaje adquiere profundidad cuando aceptamos que puede querer a su madre y necesitar distancia. Sentir ternura y perder la paciencia. Regresar convencida de que podrá resolverlo todo y descubrir sus propios límites.
Midge exige una atención distinta. La interpretación de Louis-Dreyfus debe preservar la presencia de una mujer cuya existencia excede el diagnóstico. Su vida contiene una historia anterior a la enfermedad. También un presente que merece ser atendido. Esa perspectiva resulta decisiva porque la angustia de quienes cuidan puede ocupar todo el espacio del relato. Tangles encuentra su mayor valor cuando permite recordar que la madre continúa siendo alguien a quien escuchar aunque los demás tengan cada vez más dificultades para comprender sus respuestas.
La trama sigue el regreso de Sarah desde el San Francisco de los años noventa hasta la pequeña comunidad conservadora donde vive su familia. Había encontrado lejos de allí un espacio para su independencia. La enfermedad de Midge transforma el retorno en un aprendizaje involuntario. Al principio cree que podrá hacerse cargo de la situación. Pronto descubre que ninguna determinación personal basta para controlar cuanto está ocurriendo. La narración se instala en esa distancia entre las ganas de proteger y la necesidad de aceptar ayuda.
El guion firmado por Nelson junto a Leavitt y Trev Renney convierte esa experiencia en una revisión de los vínculos. Sarah debe reconsiderar lo que espera de su familia y lo que se exige a sí misma. La independencia deja de parecer una conquista resuelta para convertirse en una negociación diaria. El afecto tampoco ofrece instrucciones. Hay que aprender a acompañar a personas con las que compartimos una historia sin dar por supuesto que todos vivirán el dolor de la misma manera.
El ritmo nace de alternar la vida cotidiana con la expresión visual de sus sacudidas emocionales. El humor permite respirar. La imaginación abre una vía para representar lo que Sarah siente. Esta convivencia evita que la enfermedad imponga una gravedad uniforme a cada escena. La vida conserva interrupciones y momentos absurdos incluso durante sus etapas más difíciles. Algunas críticas han señalado el riesgo de que determinados secundarios se acerquen demasiado a la caricatura. La observación ayuda a precisar la exigencia del conjunto. La comicidad necesita surgir de las personas para conservar la fuerza de la experiencia familiar.
Una anécdota de producción ilumina ese trabajo. Algunos miembros del reparto grabaron juntos en la misma sala. La posibilidad de responderse y de improvisar favoreció la naturalidad del intercambio. En una historia familiar resulta especialmente valioso preservar algo de esa energía compartida. Una conversación contiene pequeñas interferencias que difícilmente pueden planificarse por completo. El dibujo encuentra así un apoyo en la presencia real de quienes prestan sus voces.
Nelson también se grabó interpretando movimientos para trasladarlos al equipo de animación. El detalle revela la atención física que exige un gesto dibujado. La inclinación de un cuerpo puede sugerir agotamiento. Una distancia puede expresar miedo. La aparente sencillez de una imagen descansa sobre decisiones minuciosas acerca de cómo se comporta alguien cuando ya no encuentra palabras.
La propuesta visual encuentra su base en el blanco y negro y en la animación dibujada a mano. El vínculo con la obra gráfica permite que el trazo conserve una dimensión íntima. Las irrupciones de color adquieren una intensidad particular dentro de ese universo. La forma también puede abandonar la estabilidad cotidiana y expresar el desconcierto de Sarah. Nelson explicó que una viñeta donde el suelo parecía desmoronarse le permitió encontrar una dirección para la película. A partir de aquella imagen podía hacer visible la sensación de perder el lugar donde uno creía estar a salvo.
Existe una elección ética dentro de esa libertad. La directora evita presentar sus imágenes como un acceso a la conciencia de Midge. La experiencia visual se organiza alrededor de Sarah. Reconocer ese límite permite representar la angustia de la hija sin afirmar que conocemos por completo lo que vive su madre. La imaginación encuentra así una forma de respeto. Puede acercarse a otra persona y aceptar que una parte de ella seguirá siendo inaccesible.
La fotografía se construye mediante el encuadre y la luz dibujada. El atrezo participa de esa misma elaboración. Cada objeto ocupa un lugar elegido dentro de la imagen. Desde ahí puede leerse una tensión entre la permanencia de los espacios y la transformación de las relaciones. Una casa puede seguir pareciendo la misma mientras sus habitantes necesitan aprender nuevas maneras de estar juntos. Lo familiar deja de garantizar seguridad. También puede convertirse en el escenario donde nace otra forma de atención.
El sonido aporta una presencia material a ese mundo gráfico. Dan Romer firma la música y el tratamiento sonoro busca una cercanía realista frente a la libertad de las imágenes. La combinación permite mantener un contacto con la experiencia física mientras el dibujo expresa una emoción desbordada. El relato necesita ambas dimensiones. La magnitud de lo que sentimos y la concreción de ese día que debemos seguir atravesando.
Tangles permite establecer un diálogo con Arrugas de Ignacio Ferreras por su confianza en la animación para aproximarse a la fragilidad y al cuidado. También con Lejos de ella de Sarah Polley por la transformación de los vínculos ante la enfermedad. Relic de Natalie Erika James ofrece otra afinidad desde su capacidad para dar forma visual al miedo familiar. Estas relaciones ayudan a situar la película dentro de un cine que busca comprender qué sucede cuando las formas habituales de reconocimiento dejan de bastar.
La intención expresada por Nelson ofrece una clave para interpretar el conjunto. La directora desea que quienes cuidan se sientan acompañados. Esa voluntad permite comprender el lugar concedido a las emociones difíciles. El cansancio no resume una relación. La impaciencia no borra el afecto. Pedir ayuda puede formar parte del compromiso. Una representación humana del cuidado necesita conceder espacio a esas experiencias sin convertirlas de inmediato en una falta moral.
La película puede leerse entonces como un aprendizaje de la atención. Sarah descubre que acompañar exige observar lo que su madre necesita ahora. La imagen de quien fue continúa siendo importante. Pero el presente también reclama una respuesta. Midge merece cariño por su historia y por su existencia de cada día. La dignidad de una persona permanece más allá de su capacidad para explicar quién es.
Ahí empieza a crecer la esperanza de Tangles. En la posibilidad de encontrar un gesto que ofrezca calma. En compartir un instante sin pedirle que sea igual a los de antes. En comprender que el amor puede aprender lenguajes nuevos cuando los conocidos resultan insuficientes. Una presencia tranquila puede tener valor aunque no obtengamos la respuesta que esperábamos. La compañía conserva su sentido incluso dentro de la incertidumbre.
El dibujo prolonga ese cuidado. Leavitt transforma su experiencia en un libro y Nelson la lleva a la pantalla. El gesto artístico permite que Midge ocupe un lugar más amplio que el de su enfermedad. Conserva una huella de su singularidad y la ofrece a otras miradas. La historia familiar encuentra así una vida compartida con personas que nunca la conocieron. Alguien puede reconocerse en Sarah. Alguien puede sentirse menos solo al descubrir una emoción que también ha vivido.
La película invita además a mirar hacia nuestra propia historia con gratitud. Hay personas cuya manera de cuidarnos continúa en nosotros cuando ya no pueden hacerlo como antes. Permanece en la paciencia que conseguimos ofrecer. En una costumbre que repetimos sin darnos cuenta. En el valor que reunimos para afrontar algo difícil. El cariño recibido puede seguir encontrando caminos hacia los demás.
Desde esa perspectiva Sarah conserva el derecho a continuar creciendo. Puede construir una relación y desarrollar su voz artística. Puede descansar. Puede aceptar que también necesita apoyo. Seguir viviendo abre una posibilidad hermosa de homenaje hacia quien nos ayudó a crecer. El futuro merece un lugar junto a la memoria.
Por eso la emoción de Tangles puede desembocar en algo más amplio que la tristeza. En el agradecimiento de haber compartido una vida. En la fortuna de haber sido queridos por alguien cuya presencia ha contribuido a hacernos quienes somos. Cada recuerdo contiene una pérdida posible. También conserva un regalo. Hubo una voz que nos llamó. Hubo unos brazos que nos recibieron. Hubo momentos que siguen formando parte de nuestra manera de estar en el mundo.
La película deja una invitación que merece acompañarnos fuera del cine. Acercarnos a quienes queremos mientras podemos compartir algo con ellos. Escuchar una anécdota que ya conocemos. Hacer sitio en la mesa. Dar ese abrazo que llevábamos días posponiendo. Hay una felicidad discreta en descubrir que todavía estamos a tiempo de ofrecer compañía.
Tangles mantiene encendida esa pequeña luz. La de una hija que transforma su experiencia en un gesto capaz de acompañar a otros. La de una madre cuya vida sigue encontrando miradas que la reciben. La de cada espectador que sale con ganas de cuidar un poco mejor a alguien.
Porque una parte de lo que hemos amado puede seguir creciendo en la forma en que vivimos. En las manos que tendemos. En la ternura que aprendemos a ofrecer. En la alegría que nos permitimos compartir de nuevo. Y quizá no haya homenaje más hermoso que ese. Llevar con nosotros el cariño recibido y conseguir que alguien más encuentre calor en él.
Xabier Garzarain

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