Sucederá esta noche: el amor llega cuando todavía queda vida por compartir.

Nanni Moretti lleva medio siglo filmando el desacuerdo entre la vida que imaginamos y la vida que finalmente somos capaces de vivir. Desde la incomodidad generacional de Ecce bombo (1978) hasta la crisis de identidad política de Palombella rossa (1989). Desde la libertad autobiográfica de Caro diario (1993) hasta el desgarro de La habitación del hijo (2001). Su cine ha encontrado en la contradicción humana una fuente inagotable de humor y de tristeza. Después llegarían la desorientación de Habemus Papam (2011) y el duelo anticipado de Mia madre (2015). Con Tres pisos (2021) se acercó a la literatura de Eshkol Nevo. Con El sol del futuro (2023) volvió a discutir con la historia y con su propia manera de hacer películas. Sucederá esta noche prolonga ese recorrido desde una aparente sencillez. Un hombre conoce a una mujer. El encuentro termina. Su recuerdo permanece. Y entre ambas cosas empieza a pasar una vida.



El desplazamiento resulta significativo. Moretti cede el centro de la pantalla y permite que el deseo encuentre otros cuerpos. Ya no necesita que su presencia organice cada conflicto. En la presentación de la película explicó su voluntad de abandonar la idea de seguir haciendo siempre la misma obra para entregarse a una historia de amor. Esa decisión invita a leer esta nueva etapa como un ejercicio de apertura. El cineasta que tantas veces ha interrogado las certezas de los demás parece dispuesto a exponer también su necesidad de creer. 


Louis Garrel interpreta a Matteo desde una cualidad especialmente útil para este relato. Su atractivo puede convivir con la indecisión. Su elegancia no elimina la inmadurez. Hay algo seductor y a la vez problemático en un hombre capaz de conservar durante años la imagen de una desconocida. La interpretación permite sostener ambas posibilidades. La persistencia del sentimiento puede conmover. También puede encubrir la comodidad de quien prefiere una promesa intacta a una relación sometida al desgaste cotidiano. Matteo gana espesor cuando dejamos de confundir su fascinación con una garantía de generosidad.


Jasmine Trinca aporta a Greta la resistencia necesaria frente a esa idealización. Su personaje necesita existir más allá del recuerdo que otro ha construido sobre ella. En esa tensión se juega buena parte de la película. Una mujer recordada durante siete años difícilmente puede coincidir con la mujer real cuando vuelve a aparecer. Trinca ofrece un contrapeso al ensimismamiento de Matteo. Su presencia devuelve el romance al terreno de las decisiones y de sus consecuencias. La química entre ambos sostiene el acercamiento. Las diferencias entre sus maneras de estar en el mundo impiden que la pareja se reduzca por completo a una imagen hermosa. Las valoraciones críticas han destacado su magnetismo aunque también han discutido si la relación alcanza toda la intensidad que promete su larga espera. 


El reparto secundario amplía ese paisaje afectivo. Hippolyte Girardot y Angela Finocchiaro introducen otras edades del deseo y otras formas de entender los vínculos familiares. A su alrededor aparecen padres e hijos que obligan a mirar más allá de la pareja central. Porque nadie llega solo a una historia de amor. Cada personaje trae consigo relaciones anteriores y responsabilidades presentes. Aquí surge también una reserva crítica. El encanto de ciertos comportamientos masculinos puede recibir una indulgencia que la película no siempre examina con suficiente dureza. La ligereza favorece la comedia. A veces reduce el conflicto.


La trama encuentra su imagen fundacional en una novia que irrumpe en una pista de tenis. Greta abandona momentáneamente el ceremonial de su boda y entra en un espacio regido por otras reglas. Matteo la conoce allí. Después pasará siete años sin poder desprenderse de aquel encuentro. El arranque contiene una sugestiva contradicción. El vestido parece señalar un destino ya decidido. El gesto de jugar abre una desviación. Por un instante la identidad social queda suspendida y aparece una persona capaz de hacer algo inesperado. La historia empieza justamente en esa distancia entre lo que una vida anuncia y lo que todavía puede suceder dentro de ella. 


El guion de Moretti junto a Federica Pontremoli y Valia Santella parte libremente de los relatos de Hungry Heart de Eshkol Nevo. La procedencia literaria ayuda a comprender su inclinación hacia los desvíos y las vidas que se rozan. Cada encuentro abre un camino. Cada separación deja otro sin recorrer. La construcción invita a pensar que una biografía también está hecha de acontecimientos que apenas duraron unos minutos. Pero esa ambición tiene un coste. Cuando las coincidencias se acumulan demasiado puede percibirse la mano del guionista preparando el siguiente cruce. El destino pierde misterio si parece trabajar con una agenda demasiado precisa. 


El ritmo nace de esa relación entre la brevedad de los encuentros y la extensión de sus consecuencias. Las elipsis permiten saltar sobre los años mientras una emoción sigue esperando en el mismo lugar. Es una propuesta fértil. El calendario avanza a una velocidad distinta de la memoria. Sin embargo el salto temporal exige que el espectador perciba alguna transformación detrás de lo que permanece. Cuando esa transformación queda poco desarrollada la narración corre el riesgo de informar del paso del tiempo sin hacérnoslo sentir. La película encuentra su principal desafío en lograr que cada reencuentro contenga también la experiencia de lo ocurrido durante la ausencia.


Hay una anécdota del trabajo con los actores que ilumina esta búsqueda de ligereza. Trinca explicó que Moretti intervenía para retirar pausas y miradas añadidas a la interpretación. Quería desprender las escenas de ciertos énfasis. Ese método permite entender la voluntad de que los sentimientos aparezcan sin que cada gesto anuncie su importancia. También revela una apuesta arriesgada. La emoción puede adquirir frescura cuando pierde solemnidad. Pero necesita conservar suficiente densidad para que la sencillez no termine pareciendo superficial. 


La fotografía de Francesco Di Giacomo sitúa el relato entre ciudades y ambientes que ensanchan su horizonte sentimental. La escenografía de Alessandro Vannucci ofrece además una vía especialmente sugerente para interpretar sus espacios. Los interiores asociados a los libros y a la escucha musical permiten pensar en personajes que se relacionan con el presente a través de objetos capaces de conservar el pasado. La belleza de esos entornos puede funcionar como refugio. También puede convertirse en una forma de protección frente a cuanto resulta menos armonioso en la experiencia real. Esa ambivalencia es valiosa. El buen gusto de una habitación no asegura la madurez emocional de quien la habita. 


El atrezo cobra sentido desde esa lectura. Un disco conserva una interpretación que puede escucharse de nuevo. Un libro permite regresar a una página. Las personas carecen de esa disponibilidad. No vuelven exactamente iguales al lugar donde las dejamos. La imagen promocional de Matteo y Greta ante una colección de vinilos condensa así una tensión central. El deseo de repetir una emoción se enfrenta a la imposibilidad de recuperar intacto el momento que la produjo. Los objetos permanecen al alcance de la mano. La vida exige otra clase de atención.


La música ocupa un lugar decisivo en esa negociación con el tiempo. Alberto Iglesias firma la partitura y las canciones prolongan una constante del cine de Moretti. La experiencia musical abre a los personajes una posibilidad de expresión que la conversación no siempre les concede. La secuencia vinculada a She’s a Rainbow de los Rolling Stones expande la intimidad hacia una celebración compartida. Puede leerse como la fantasía de que una emoción privada encuentre por fin un mundo dispuesto a acompañarla. Su riesgo es igualmente claro. La canción posee tanta fuerza que el relato debe haber construido antes el sentimiento que pretende liberar. 


Donostia participa de esa dimensión musical mediante las imágenes de un concierto real de Bruce Springsteen. El rodaje de la secuencia exigió una negociación prolongada y costosa según explicó el productor Domenico Procacci. El dato importa más allá de la curiosidad de producción. Introducir un concierto verdadero dentro de una ficción permite que los personajes entren en un acontecimiento que existe fuera de ellos. Durante unos minutos comparten con miles de personas un presente irrepetible. La música ofrece así una experiencia concreta de compañía. Algo que puede vivirse junto a otro sin necesidad de resolver antes todas las dificultades del vínculo. 


Por su arquitectura de encuentros y separaciones la película permite establecer un diálogo con Breve encuentro y con Tú y yo. Comparte con esas tradiciones la importancia de las circunstancias que rodean al deseo. También puede ponerse en relación con la trilogía de Antes de Richard Linklater. Allí cada reencuentro obliga a medir la distancia entre quienes fueron los personajes y quienes han llegado a ser. La comparación ayuda a precisar la exigencia de este tipo de relato. Mantener viva una atracción resulta insuficiente si el tiempo transcurrido no modifica su significado.


Estas afinidades son una lectura crítica. No implican una influencia reconocida por Moretti. Sirven para situar Sucederá esta noche dentro de una tradición que convierte la demora en materia dramática. En ella el gran obstáculo puede ser una obligación familiar. Puede ser el miedo. Puede ser también la imagen excesivamente perfecta que alguien conserva de otra persona. El romance alcanza su madurez cuando se atreve a examinar esa imagen en lugar de limitarse a celebrarla.


Ahí se encuentra la cuestión más profunda que propone la película. Recordar intensamente a alguien no equivale todavía a conocerlo. La ausencia permite preservar una versión del otro que nunca nos contradice. El reencuentro introduce una exigencia distinta. Hay que aceptar lo que esa persona ha vivido lejos de nosotros. Hay que admitir que sus heridas no existen para completar nuestra historia. Hay que escuchar una realidad que puede desordenar el relato al que nos habíamos acostumbrado.


Desde esa perspectiva el título adquiere una resonancia menos tranquilizadora. Sucederá esta noche expresa esperanza. También contiene el hábito de aplazar. Quien promete que algo ocurrirá más adelante puede estar defendiendo una posibilidad necesaria. Puede estar evitando una decisión que ya debería afrontar. La misma frase sirve para sostener el deseo y para mantenerlo a salvo de cualquier prueba. Esta ambigüedad permite que el relato romántico alcance una dimensión más amplia. Todos hemos depositado alguna parte de nuestra vida en un futuro que parecía próximo.


La intención declarada por Moretti de abordar los sentimientos y la necesidad de expresarlos ofrece una clave para leer el conjunto. A partir de ella cabe interpretar la película como una invitación a asumir el riesgo de hacerse comprensible ante otro. Decir lo que sentimos nos expone a una respuesta que no controlamos. Callarlo conserva una aparente seguridad. Pero esa seguridad puede acabar ocupando el lugar de la experiencia. La película encuentra su sentido más humano en la dificultad de atravesar esa frontera. 


Por eso su defensa del amor resulta más fecunda cuando se entiende como una defensa de la participación en la propia vida. Esperar tiene valor cuando permite reconocer un deseo. Empieza a empobrecer cuando se convierte en la única manera de relacionarse con él. La madurez afectiva exige distinguir entre ambas cosas. Supone comprender que una oportunidad puede llegar sin las condiciones perfectas que habíamos imaginado. Supone además aceptar que elegir implica renunciar a otras versiones posibles de nosotros mismos.


Sucederá esta noche puede discutirse por sus coincidencias y por la desigual profundidad de sus desvíos. Su confianza sentimental deja zonas demasiado protegidas del conflicto. Aun así hay algo valioso en un cineasta que se permite buscar una emoción abierta sin esconderla detrás de la ironía. Tras tantas películas atravesadas por el duelo y la decepción Moretti vuelve la mirada hacia cuanto todavía puede empezar. Esa apertura no borra lo perdido. Le concede un lugar desde el que continuar.


La huella más duradera de esta historia reside en esa posibilidad de continuar. Una vida no recupera los años que ha dejado atrás. Puede encontrar una forma distinta de habitar los que quedan. El amor participa de ese movimiento cuando deja de exigir que el pasado se repare por completo antes de permitirnos actuar. Nadie llega intacto a un encuentro decisivo. Llegamos con nuestras vacilaciones y con una experiencia que a veces pesa más de lo que sabemos explicar.


Quizá la noche del título pueda entenderse entonces como el momento en que dejamos de pedir garantías. El instante en que una persona real empieza a importarnos más que la promesa perfecta que habíamos construido alrededor de ella. Allí el deseo adquiere responsabilidad. Allí la espera puede transformarse en presencia. Y allí esta película encuentra una conclusión esperanzadora que merece permanecer. Todavía somos capaces de ofrecer algo verdadero aunque hayamos tardado mucho en aprender cómo hacerlo.


Xabier Garzarain 

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